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Relato Sombras



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Sombras

autor: Haliem Monstromo


NOTA: Este relato se realizó a los pocos días de haberse caído Urbenalia y es un reflejo de como me sentía en esos momentos. Yo era el Klesnamm de mi relato.

Klesnamm se incorporó de un salto. Rápidamente agarró la espada corta que colocaba tras su almohada. Aunque dormía perfectamente, tenía siempre en mente que cualquiera en mitad de la noche podría entrar en su tienda y asesinarlo. Incluso alguien de su propio ejército. Eso hacia que aún dormido profundamente, su cerebro y cuerpo se despertaran de inmediato ante algún hecho cercano. ¿Sexto sentido?... Quizás.

La alarma era infundada. De inmediato reconoció la voz de uno de sus segundos, aunque apenas era un susurro.

- "Algo" ha atacado el campamento, Señor.

"¿Algo?" se repitió Klesnamm para sí. ¿Cómo un soldado como Lengios, nombrado su segundo por su gran experiencia podía decir "algo"? Además, no sintió nada, no escuchaba nada. Es más, la propia voz y el tono de las palabras de su capitán eran tranquilas, sosegadas, casi como resignadas... Pero no era cuestión de pararse ahora en eso.

Sin calzarse siquiera se acercó a la puerta de la tienda. Llamarla puerta era mucho. Una simple piel de oso hacía las veces. La levantó con la mano y miró al exterior. Todo estaba oscuro. Y no, no era de noche. Apenas debería estar cayendo el Sol en esos momentos. Ni hacia niebla, llovía o algo similar. Era una oscuridad extraña. Miró al cielo. No halló a Morrslieb y ni una sola estrella brillaba por más que fijó su vista en él. Abajo, en tierra, tampoco había rastro de ese ataque.

- Señor, todos han desaparecido... soldados, caballos, tiendas, víveres...

Klessnamm giró la cabeza para mirar a su segundo que quedaba detrás, a su derecha. Con su expresión y mirada le estaba diciendo al capitán que si estaba loco. Desaparecer... caballos, tiendas, carretas... ¿qué estaba diciendo?

- ¿ Cómo que desaparecido? - le gritó.- Estos malditos cobardes se habrán largado huyendo... malditos...

- No señor, no.- respondió Lengios. Estaba haciendo una ronda. Acababa de pasar por delante de las tiendas. En algunas los soldados estaban jugando. Había unos cuantos fuera, bebiendo, preparando las armas. Estaban todos señor, todos. De pronto, se oscureció el lugar, como está ahora. Pensé que se me había hecho tarde y que la noche caía, por lo que me apresuré a terminar la ronda. Me alejé de las tiendas y me acerqué a los caballos. No había ninguno. Me alarmé. Llamé a los guardias mientras blandía mi espada. Todo estaba en silencio. Nadie contestó. Empecé a andar hacia el campamento, medio de espaldas, mientras llamaba a gritos a los soldados. Nadie... Me fijé que no había ya fuegos encendidos, ni murmullos, ni armas, y tampoco los soldados. Di una vuelta completa sobre mi mismo. Nadie, nada... Dejé de llamar. Señor, empecé a correr como un loco, sin rumbo, buscando las tiendas, los soldados. Giraba sobre mi mismo, buscaba por entre la oscuridad... ¡¡ NADA !!... en un par de minutos todo ha desaparecido... ¡¡¡TODO !!!... todo, todo...

La narración de Lengios habia empezado calmada, pero poco a poco fue alterándose mientras lo narraba, hasta casi contarlo gritando. Al final, el grito se convertió en susurro: "todo, todo"...

Klesnamm no podía creerlo. Adelantó unos pasos... Para que más, desde ahí debería sentir el rumor de los soldados hablando, riendo, jugando. Debería ver las siluetas de las tiendas. No había nada.

Era verdad... Todo, menos él, su ayudante y su tienda, habian desaparecido.

La oscuridad se levantó. En mitad de una planicie el Sol que bajaba producía dos largas sombras anaranjadas sobre el suelo de dos hombres. Uno de ellos, blandía una espada. El otro, permanecía con la cabeza gacha...

Era todo lo que había.

Sus sombras.




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