-¿Qué demonios hago aquí?. ¿Qué ha ocurrido?
¿Qué sitio es éste? ¿Hacia
donde nos dirigíamos?
Caminaba junto a varios cientos de
personas. Recuerdo los tres días de viaje, de silencioso
viaje. Nadie se atrevía a preguntar sobre nuestro
destino. Ninguno de los que allí nos encontrábamos
pronuncio apenas una palabra durante aquellos tres largos
días. ¿Y que podíamos esperar? Éramos solo unos
muchachos que, por primera vez en su vida, se dirigían a
la guerra.
Recuerdo las caras de mis compañeros. Teníamos
miedo. Éramos unos chicos asustados. Vinieron a nuestro
pueblo y nos reclutaron. Apenas se nos había dado una
espada y un escudo.Conocía a muchos de aquellos chicos. Vivian en
mi pueblo. Eran jóvenes como yo. Chicos normales. Nos
gustaba cortejar a las chicas del pueblo. Nos gustaba
competir entre nosotros en nuestros pequeños juegos de
guerra. Alguno de los que se encontraban junto a mi
acababan de casarse. Uno de mis compañeros, amigo de la
infancia, incluso esperaba un hijo.
Éramos jóvenes. Nuestra mayor aspiración en la
vida era trabajar el campo y tal vez hacer algo de dinero
con el que poder ir a vivir a una ciudad mas grande.
Ahora éramos soldados del Imperio. El
glorioso Imperio os necesita dijeron. Y apenas
pudimos despedirnos de nuestras familias.
Recuerdo la llegada al campamento. Había miles de
muchachos de nuestra edad mezclados con curtidos
soldados. Estos intentaban calmar nuestro miedo, que se
hacia palpable por momentos. Si eres valiente y no
retrocedes volverás a casa, muchacho me dijo uno
de aquellos veteranos. Mostraba una gran cicatriz en la
cara. ¿La ves? pregunto señalando la marca
Si en aquel momento me hubiera asustado ahora
estaría muerto. Pero luche, seguí adelante y sigo vivo.
Aquello no me calmaba. Él sin embargo, se mesaba la
barba despreocupadamente. Claro. El sabía lo que era la
guerra. Pero yo no... Yo no...
Al día siguiente marchamos a la batalla. Largas
filas de soldados recorrían el camino. Creo que nunca
había visto tanta gente junta en mi vida. Al fin y al
cabo, solo era un muchacho de pueblo.
Esperábamos al enemigo en una colina. La
artillería estaba dispuesta. Los arqueros se
posicionaban. Vi a la caballería, completamente
acorazada. Habría dado cualquier cosa por estar entre
uno de aquellos dos grupos. Los arqueros no combatían,
solo disparaban. Los caballeros iban bien armados. Y al
menos así habría una forma de huir del combate. Pero no
había vuelta atrás. Solo quería saber a quien me
enfrentaba.
El general se adelantó y comenzó la arenga:
- Soldados, hoy será un día glorioso. El Imperio os
reclama para detener la Tormenta. Sois leales siervos del
Imperio, y como tales debéis ser temidos. Nunca he
perdido una batalla y hoy no será distinto. Hacedlo por
Sigmar!. - vociferó, como si aquello bastara para
calmar nuestros temores.
Sigmar. Aquello si habría sido
una buena noticia. Ojalá contáramos con su ayuda. O con
la de aquel misterioso hombre, cuya leyenda crecía, de
quien se decía que era su viva reencarnación. Valten le
llamaban. Ojalá aquel valeroso guerrero luchara de
nuestro lado. Pero estábamos solos. No había nadie,
excepto nosotros mismos y el enemigo desconocido.
Sonaron los cuernos. Cuernos de guerra. Un
escalofrió recorrió mi cuerpo al ver aparecer en el
horizonte una interminable marea de negras armaduras.
Ahora conocía a mi enemigo. Las hordas del Caos
invadían el Imperio. ¿Acaso pensaban que nosotros,
jóvenes sin experiencia, serviríamos de ayuda contra la
misma muerte?.
Sonaron los primeros cañonazos. Manteníamos las
filas. Busqué con la mirada hasta hallar a aquel
veterano del campamento. Comentaba algo con un compañero
y ambos reían. Yo estaba a punto de llorar. Se lanzó la
carga. Corrí junto al resto de las tropas. No estaba en
la vanguardia. No estaba atrás. Era uno más. El miedo
desapareció. No había vuelta atrás. Se hizo el
silencio en mi interior. Solo pensaba en la batalla. Al
fin y al cabo, no había vuelta atrás. Ya no podía
retroceder.
Miles de bárbaros corrían hacia nosotros.
Recuerdo la violencia del choque. Caí al suelo,
desarmado. Solo me había golpeado. Recogí mi espada,
que cayó cerca de mi. Lancé la primera estocada, pero no
fui capaz de acertar a mi objetivo. Un horrible ser
detuvo mi espada con su escudo. Era un hombre, pero era
bestial. Sus ojos mostraban demencia. Estaba fuera de si,
sediento de sangre.
Luché con todas mis fuerzas. La sangre salpicó
mi cara. ¿Había matado a mi oponente?¿Me había herido
a mi? Nada me dolía. Vi a aquel bestial hombre que
estaba frente a mí. Tenia un enorme tajo en el pecho.
Había matado. Por primera vez en mi vida, había
asesinado a un hombre. Le vi caer. Pude ver como la vida
se escapaba de su cuerpo. Jamás olvidaría aquella
expresión. Ahora era tan bárbaro como ellos.
Me apresuré a apartar aquellos pensamientos de
mi mente. Tenía cosas mas importantes de las que
preocuparme. Sí. Mi vida peligraba en cada segundo.
Busqué un nuevo rival. Pero él me encontró a mí. Con
una enorme hacha, saltaba hacia mí. Conseguí
esquivarle. Su hacha se clavó en el suelo. Mi espada
atravesó su espalda. En aquel momento descubrí que no
era un mal guerrero. Al parecer tenía dotes para la
guerra.
Dolor. Recuerdo el pinchazo en el pecho. Otra
vez. Cuando mire vi dos virotes negros clavados en mi
torso. Caí de rodillas. Apenas había luchado y ya me
estaba muriendo. Trate de levantarme, pero mis rodillas
fallaron. No recuerdo más.
Ahora ya se donde estoy. O tal vez no. No se cual
es este lugar, pero una cosa es segura. Estoy muerto. No
volveré a ver a mi familia. Recuerdo las palabras del
veterano, cuyo nombre ignoro: Si eres valiente y no retrocedes volverás a
casa, muchacho
Mintió.