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Relato Delirios de Grandeza

Ganador
III Concurso de Relatos Marcus Beli


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El Optimista

autor: LCS


Las derrengadas tropas avanzaban cansinamente por la carretera imperial. La ciudad ya estaba cerca, y el capitán Helmuth, a la cabeza de la columna, ya divisaba las puertas abiertas. Pero también divisaba algo más… la sonrisa despectiva de los guardias de la misma. Sonrisa que desapareció rápidamente cuando se dieron cuenta de que Helmuth los veía, pero que continuó ardiendo en sus párpados cada vez que cerraba los ojos.

Apenas llegó a las puertas, un heraldo le alzó un pergamino sellado. "Mi capitán, se solicita vuestra presencia inmediata ante el mariscal Horel." –Ya, tan pronto- pensó mientras cogía la orden con una sonrisa que no le llegó a los ojos.



El salón del mariscal brillaba reluciente. Todos los oficiales llevaban sus galas, sus uniformes limpios, sus sonrisas impolutas. Frente al espléndidamente vestido mariscal, Helmuth distaba mucho de estar esplendido. Hacía 3 días que no se había afeitado decentemente, y los mismos desde que tomara algo que no fuera agua turbia. Solo el cálamo restaba de lo que otrora fueran hermosas plumas. Sus ropajes, rotos y arrugados, estaban grises por el polvo del camino. Ya no estaba en buena forma, y las flojas correas de su armadura le daban un aspecto desastrado. Se daba cuenta que era el destino de todas las miradas. Que los comentarios sobre él se habían detenido cuando entró en la sala… pero que seguirían apenas franquease las puertas.

"Y bien Capitán Esperamos ansiosos el relato de vuestra expedición. Supongo que la patrulla rutinaria que se os encargó no os haya ocasionado problemas ¿verdad?"

"Señor, sufrimos…"

"Ni una palabra más, capitán." La ira relampageó en la voz cargada de autoridad de Horel. "¿Qué ha sido esta vez? ¿Demonios materializándose en el aire? ¿Hombres ratas surgiendo de las profundidades? ¿Bestias desde los arboles?..."

Helmuth tragó saliva. "No estamos seguros, mi señor. Cayeron sobre nosotros y…"

"Ya recibí los mensajeros que me enviasteis, ahorrad palabras. Todas. Todas vuestras misiones han sido fracasos. Tus tropas diezmadas. Tus estandartes perdidos. Tus máquinas inutilizadas. Tus oficiales muertos. Pero continúas aún aferrado a tu patética vida. No puedes tener la decencia de morir en las continuas emboscadas que sufres. ¿Qué fuerzas perderás en la próxima misión?"

"Con su permiso, el enem…"

"No lo tienes. Mi paciencia se ha colmado. Estas a un paso de ser degradado". Sin previo aviso, la voz del mariscal se endulzó. "Pero estoy dispuesto a ser indulgente con cualquier capitán que se ofrezca voluntario para una pequeña prueba, aunque no exenta de riesgos" sonrió ladinamente Horel.

Helmuth estudió con el rabillo del ojo las jocosas expresiones de los asistentes. Él era el único con rango de capitán. Con las sienes palpitándoles, dio un paso al frente.

"Señor, Permitidme el honor de presentarme voluntario."

"Bien. Me place. No esperaba menos de vuestro valor. Y más contando con que la prueba está llamada a solucionar los problemas de emboscadas que os afligen…"

El Mariscal se levantó y anduvo por la sala, expresando con entusiasmo el experimento. Los papanatas del estado mayor aplaudían cada una de sus palabras, mientras que el cansado cerebro de Helmuth se esforzaba en unir las grandilocuentes frases en algo que tuviera sentido.

Algo de trasporte de tropas. De tropas y material. A cualquier lugar, instantáneamente. Por magia. Mediante nueve magos. Experimentos pasados exitosos. El comandaría las tropas que se iban a mandar de esta forma al otro lado de las murallas, a modo de prueba. Que …

El mayordomo anunció que la comida estaba servida. Horel le dio permiso al capitán para retirarse, mientras él y sus allegados pasaban a degustar las viandas. Helmuth salió arrastrando los pies, mientras que el rumor de unas risas y su nombre llegaban a alcanzarle.




"Tabernero, trae otra botella. Mejor dos. Y no me vuelvas a traer un puto vaso" ladró el <capitán voluntario>. Llevaba prácticamente desde que salió de la reunión emborrachándose y comiendo. Y sus planes para el resto de la noche, que presagiaba que sería la última de su vida, incluían un par de lozanas mozas y una mullida cama. Sin chinches a ser posible. Helmuth pensaba que las cosas no podían ir a peor. Como siempre, se equivocaba.

La puerta de la taberna se abrió. El sonido se apagó como una vela al viento. Estaban entrando al local varios magos. La gente miraba a los magos, miraba a sus bebidas… algunos se retiraban a sus casas, otros pensaron pedir otro de lo mismo.

Nueve magos. Nueve magos en una taberna. Y uno de ellos era extranjero. Hirsuta piel de oso. Larga barba. Andares de un jinete consumado. Si, era un kislevita. Nueve magos, uno de ellos de la lejana Kislev. Y todos se dirigían hacia su mesa.

"Saludos capitán. Se nos ha informado que estaría aquí". El que hablaba era un joven mago, apenas tapado con una túnica dorada. "Hemos venido a explicarle el proceso de mañana". La sonrisa de su rostro no tuvo reflejo en el semblante de Helmuth. No les ofreció que se sentaran. Los magos solían tomarse esas libertades por ellos mismos.

El tabernero se acercó frotando nerviosamente sus callosas manos en el sucio delantal. "¿Qué van a tomar los señores?"

"Pues yo quiero leche de cabra". "Para mi de yak". "A mí me pone una infusión de romero". "Yo quiero probar el agua de cebada fermentada". "Yo también, pero con un toque de malta y de limón". "Y ponga unas tapas de lenguas de ruiseñor. Sin salsa"

La sonrisa se congeló en el pobre hombre mientras retrocedía acobardado por las estrambóticas peticiones. En esos momentos se estaba preguntando por qué esta noche había abierto la taberna.

"Supongo que estará impaciente por la prueba de mañana, capitán"

"Oh, si… estoy pensando que después de eso, ya puedo morir y dejar el mundo" dijo con un toque irónico Helmuth. Error, por supuesto. Un mago nunca entiende la ironía.

"Si, es increíble que a un hombre dedicado a las artes marciales le pueda interesar tanto las artes arcanas. Es un proceso muy simple. Se trata de la transmutación de materia a través de un agujero cuántico. Para ello, usamos una estrella de nueve puntas. En cada punta un mago, de cada escuela. Para eso hemos hecho venir a nuestro colega de las estepas. Es importante que el poder que cada uno posee y emplea sea equipolente, o las fluctuaciones mágicas serán imprevisibles. Las pruebas iniciales con…"

La verborrea cada vez más entusiasmada de los magos, los innumerables gráficos taumatúrgicos que realizaron en la gastada mesa, las palmaditas en la espalda, los chistes que nadie excepto ellos parecían comprender. Si eso no era el infierno, es que era peor. Las dos botellas de licor desaparecieron en el gaznate de Helmuth, cuya consciencia, agradecida, se apagó durante un tiempo, dejando una bobalicona sonrisa en su rostro.

Un tiempo después, volvió a despertar. Los magos se estaban levantando de la mesa, increíblemente satisfechos. Un parroquiano borracho tropezó con la piel de oso del kislevita, y cayó sobre él. Se levantó deshaciéndose en disculpas y se dirigió hacia la puerta.

Por la mente embotada de Helmuth, algo se abrió paso. Se llevó la mano hacia su bolsa… hacia donde estaba. "¡Ladrón!" gritó intentado incorporarse, pero el ratero ya salía por la puerta.

Se levantó como pudo, constatando que el contenido de su estomago pugnaba por salir. Desde luego, no estaba en condiciones de moverse mucho, menos aún de perseguir al ladrón por oscuras callejuelas. Miro a su alrededor. El tabernero se afanaba preparando en las bandejas las peticiones de sus acompañantes… junto con una larga nota, que parecía la cuenta. Los magos llevaban muchas bolsas, pero no creía que llevaran en ellas algo tan banal como dinero. Las “damas” de compañía con las que esperaba pasar la noche le miraban con cara de pocos amigos. Desde luego, no había sido un buen día. No creía que nada más le fuera a salir tan mal.




No hacía mucho que por fin había amanecido. Todavía no había demasiada gente por la calle, pero la que había se acercaba curiosa a ver el espectáculo. Dos unidades de lanceros con sus destacamentos, formados en cuadro, y dos unidades de caballeros, en la plaza, desde luego no era muy normal. Junto a ellos, en no muy perfecto estado de revista, lo que quedaba del tren artillero de Helmuth aguardaba junto con los carruajes de provisiones y pertrechos. Por supuesto que la gente tenía curiosidad. Un pequeño ejército, completamente aprovisionado para una campaña ¿Qué hacía formado en medio de la ciudad?

Y en ese momento, los numerosos espectadores se abrieron en un amplio corredor, como si un cuchillo caliente se abriera paso por la mantequilla. Los nueve magos se dirigían hacia el centro de la plaza. Pero los ojos de Helmuth divisaron algo más, entre la multitud. Un rostro entrevisto entre las brumas del alcohol se abrió paso entre su resacosa mente. Desmontó de su caballo y se acercó al lugar dando un rodeo.

Los nueve magos llegaron al centro de la plaza. La tensión se palpaba en el ambiente. Los caballos piafaban nerviosos. Los hechiceros empezaron a canturrear y a realizar gestos arcanos. Una ola de energía barrió la plaza, poniendo los pelos de punta literalmente.

“Perdone, señor…”. El individuo en cuestión se dio la vuelta, pero lo único que vio fue el puño de Helmuth hacia su cara, y se derrumbó como una marioneta a la que hubieran cortado las cuerdas “… pero no debió robarme anoche”.

La gente se apartaba al ver sus insignias de capitán. Se agachó para registrarlo, sabiendo que las posibilidades de que tuviera su bolsa aún en su poder eran menores que ínfimas. Algo tocó en el bolsillo del ratero, algo duro y frío. Lo sacó con cuidado. Era un pequeño anillo. Un pequeño diamante estaba engarzado en él. La humedad del aire se condensaba a su alrededor, y sentía el cosquilleo que la magia siempre provoca. Entre sus pesarosos recuerdos de la noche anterior, recordó aquel pequeño anillo en la extendida mano del kislevita cuando se presentó. Y en ese momento, la descarga de adrenalina le despejó la mente, junto con otra frase “…lo más importante es que el poder de todos los miembros sea igual…” Volvió su vista hacia la plaza y…

Una tormenta multicolor se había formado en ella. Rayos de todos los colores surcaban el aire alrededor de las tropas allí reunidas. Y un grito desgarrador surgió del centro. Un grito al que se unió otro, y otro más, y otro… hasta que nueve gritos se unieron como uno solo. Y decenas de voces, voces de hombres acostumbrados a luchar contra el enemigo frente a frente, se les agregaron en un alarido de terror, al que se le unieron los relichos producidos por las nobles bestias. Y un resplandor de un intenso color blanco cegó a todos los presentes.

Cuando Helmuth pudo volver a ver con claridad, la gran plaza estaba vacía. Apenas quedaban restos de las tropas que allí se habían congregado. En el centro, un monolito de hielo destacaba entre la desolación. Se encaminó hacia allí. En su interior, con un gesto de supremo dolor, el kislevita había encontrado su espantosa muerte. A su alrededor, solo perceptibles como siluetas talladas por el fuego en el duro adoquinado, otros cinco magos habían perecido.

Miró a su alrededor, preguntándose a sí mismo como iba a explicar al mariscal que había tenido seis bajas de taumaturgos, y perdido a otros tres y todas sus tropas sin ni siquiera entrar en combate. Desde luego, esto si que no podía ir a peor.

Las autoridades de la ciudad, incluyendo a los representantes de los colegios de magia, una vez pasado el estupor inicial, se dirigieron hacia el solitario oficial. El cual, de repente, se dio cuenta de algo. En su mano, brillando con los rayos matinales y su apariencia mágica, el anillo del mago del hielo tenía un brillo acusador.

Ya se lo dijo su padre: “Hijo, las cosas siempre pueden empeorar”.