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Muerto en Vida autor:VZK NOTA: bajado hace mucho tiempo de internet, sólo se conoce el nick de su autor. |
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Es el año 1.111 de nuestro señor Sigmar. Mi nombre es Alfred y soy un sacerdote de Morr, sé que estarás sorprendido por mi... llamémosle atrevimiento por confesar abiertamente mi condición. Ahora no importa. Una epidemia de peste negra está asolando las tierras imperiales, y todos los sacerdotes de Morr salimos del anonimato con nuestros ropajes oscuros y blandiendo nuestras guadañas rituales para ayudar a nuestros compatriotas a comprender que la muerte no tiene que ser deshonrosa, que nuestro buen dios Morr cuida de nosotros en la otra vida. Los mismos campesinos que antes nos regían y miraban mal buscan nuestro consejo y ayuda en estos tiempos difíciles de dolor y muerte. La muerte no es un deshonor, uno de los principios de nuestra orden y en él baso mi vida... o al menos así era hasta ahora. Si lees este grimorio en busca de conocimientos sobre la muerte y sobre el poder, joven aprendiz, déjame advertirte de lo muy escabroso que es el camino que yo seguí hasta convertirme en lo que ahora soy. Durante centurias los sacerdotes de Morr han luchado con ahínco contra los peores enemigos de su fe: los nigromantes. Estos seres perversos se dedican a perturbar el sueño de los muertos que tanto nos preocupamos de proteger. Hace unas semanas que comenzó la epidemia y con ella el número de muertos ha ido creciendo y creciendo hasta cifras escalofriantes. Dentro mi familia han muerto 3 personas, mi viejo tío Thomas, mi madre Ana y mi joven hermano Johan cuya pérdida ha sido la más dolorosa para mí. Aunque las enseñanzas de nuestra orden nos dicen que la muerte puede ser algo honroso cuando Morr nos reclama creo que aún no era la hora de mi hermano. Parece que fuera ayer cuando éramos unos jóvenes alborotadores que correteaban y jugaban en el pueblo, felices, ingnorantes de las desgracias que la vida les deparaba. Johan era un prometedor aprendiz de mago del colegio Ámbar y yo me decanté por el servicio al Dios Morr y marché cuando aún era muy joven al bosque en busca de la misteriosa torre de la orden, la cual, según las leyendas populares no puede ser encontrada si ella no quiere, pues sólo se muestra a aquellos que son dignos de adquirir los conocimientos que en ella se imparten. Anduve sólo y perdido durante varios días por el bosque Drakwald, sin comida, sin agua, sin armas… se debía ir en peregrinación hacia un sitio que no se sabía dónde estaba y se debía ir sin miedo a la muerte por ello no se podían llevar vituallas ni armas, si Morr reclamaba tu vida durante la peregrinación debías sentirte honrado por unirte al padre tan pronto. Sin embargo cuando estaba a punto de desfallecer se abrió un claro en el bosque y vi unas lápidas escrupulosamente limpias y cuidadas, alcé la vista y me quedé perplejo al contemplar la inmensidad del edificio que tenía ante mí, una torre cilíndrica de austera piedra rodeada de lápidas que honraban el descanso de grandes hombres se perfilaba contra el oscuro bosque y el más oscuro cielo. En ese momento comprendí que había encontrado mi camino, el problema era que no sabía a dónde me llevaba… -¡No déis un paso más en el nombre de Morr! -les advertí. En ese momento el acólito se giró hacia mí y me dedicó una gélida mirada acompañada de una terrorífica sonrisa desdentada. La sangre se heló en mis venas, no podía ser verdad, esa cara... ¡era Johan! Mientras estaba aturdido otro zombie se abalanzó sobre mi y me mordió en el brazo antes de que pudiera reaccionar. El hermano Aurel acudió en mi ayuda y de un golpe de hombro apartó al zombie de mi y haciendo uso de la guadaña ritual de la orden le cercenó la cabeza de un tajo antes de que la lenta criatura pudiera reaccionar. En ese momento me di cuenta de lo que estaba sucediendo a mí alrededor, campesinos y hermanos luchaban contra zombies por doquier, los enemigos eran muchos, demasiados por lo que ordené retirada. Huimos a toda prisa de esa zona maldita, yo levemente herido en el brazo y habíamos perdido a dos hombres, el hermano Aurel que tras acudir en mi ayuda fue atacado por la espalda por dos zombies y cayó entre gritos agonizantes de dolor y un campesino que no pudo salir lo suficientemente rápido y quedó atrapado en una esquina de la choza con 9 o 10 zombies sedientos de sangre rodeándolo. Que Morr lo guíe en su nueva vida. Los hombres corrían sin descanso, sin decir palabra, todos estábamos demasiado impresionados por lo que acababa de suceder, yo más aún si cabe, ese no podía ser otro que Alfred. ¿Pero cómo? Yo mismo lo enterré siguiendo los sagrados ritos de Morr. ¿Acaso ese maldito nigromante había buscado su cuerpo de entre los muertos pues sabía que mi hermano era conocedor de los vientos de magia y tener así un ayudante para llevar a cabo sus pérfidos planes? Era demasiado retorcido para ser verdad, debo estar equivocado. Está a punto de amanecer y no he podido pegar ojo, no puedo quitarme de la cabeza lo que ocurrió anoche y además está esa maldita herida en el brazo que escuece como si el infierno mismo estuviera en mi brazo. Me vendé como bien pude y salí de mi habitación. Los hermanos me estaban esperando pues teníamos que dar explicaciones a los atemorizados campesinos que se agolpaban a las puertas de nuestra casa. Ya no tenía sentido ocultarles la verdad, lo que vimos anoche eran zombies y aquél hombre era un nigromante. Esta noticia añadida a la epidemia de peste negra hubiera hecho perder la fe y la esperanza por vivir a cualquier hombre menos a los hermanos que hacían de guías espirituales en esos tiempos aciagos. Si no hubiera sido por nosotros estoy seguro que ahora todos estos hombres serían muertos vivientes, marionetas controladas por ese malvado hombre. Durante todo el día preparamos las defensas contra un posible ataque nocturno de los muertos vivientes. En el pueblo había sólo 3 caballos, todo lo demás eran animales de labranza y ninguno era útil para enviar mensajeros en busca de ayuda así que mandamos a nuestros 3 mejores jinetes en busca de ayuda hacia distintas aldeas... ¡ojalá Sigmar les ayude a cumplir su cometido! El brazo no dejó de picarme cada vez más, ya era casi insoportable pero debía mantener la compostura pues los campesinos me miraban con ojos llenos de terror en busca de un refugio entre tanta locura y tanta muerte. Afortunadamente todos los muertos eran enterrados a las afueras del pueblo así que no teníamos que temer un ataque desde en interior del mismo. Barricadas, armas aprestadas, petos de cuero bien ajustados, luces de velas en la noche y miradas cómplices llenas de temor. Poco a poco el sol se fue ocultando en el horizonte, llegaba la hora de la verdad y los hombres lo sabían. Morir ante nuestro enemigo era aún peor que morir ante cualquier otro pues te condenaba por toda la eternidad. Mientras pensaba en eso empezó a dolerme la cabeza y a marearme, sin duda a causa de esa maldita herida. Si sobrevivo a esta noche mañana me la curaré como es debido. De pronto una voz llena de odio salió de la oscuridad.
Había tanto odio, tanto desprecio, tanta ira en esa voz de ultratumba que hizo que se me helara la sangre. No venía de ningún lugar en concreto, simplemente sonó estruendosa desde todas las direcciones y desde ninguna a la vez... magia negra. Los campesinos se mostraban aún más nerviosos, miraban intranquilos de un lado a otro, intentando escudriñar las sombras en busca de un objetivo al que disparar con sus arcos de caza antes de tener que llegar al tan temido combate cuerpo a cuerpo.
Desde mi posición podía ver más o menos bien las tres entradas principales del pueblo, que no dejaba de ser unas pocas calles. Esto sin duda facilitaba enormemente la tarea defensiva. Yo estaba apostado en la salida norte, justo la que da al bosque pues me temía que allí era donde más se iba a necesitar mi ayuda. En el sur estaba el hermano Milius y en el noreste el hermano Johnathan. Gracias a las antorchas que habíamos encendido en cada uno de los puntos defensivos podíamos vernos de lejos y podía dar instrucciones a los hombres si se terciaba. Las mujeres y los niños estaban en la casa que había en la pequeña plaza del pueblo, antaño casa de algún rico pero que ahora se usaba como casa de juntas y centro de abastos cuando eventualmente se realizaba algún mercado en el pueblo. Se oía a los niños llorar y las mujeres gemir dentro de la casa. Sin duda ellos también habían oído la amenaza del nigromante. Sólo los llantos rompían el sepulcral silencio... ese silencio mortal que daba aún si cabe más miedo que el grito del nigromante. Ese silencio era insoportable, hacía que los hombres pensasen en el silencio de la muerte, el silencio en el que ataca nuestro enemigo. Esto no es como luchar contra vociferantes orcos o contra ruidosos skavens, estos malditos no muertos... Andaba en estas cavilaciones cuando Milius gritó:
Algunas cayeron, pero venían más detrás. Arrastraban los pies y cargaban con pesadas armas. De la oscuridad surgieron más cuerpos. El sur debería resistir, el ataque más contundente se esperaba por el norte, si perdíamos la retaguardia estábamos perdidos. Cuando los zombies estaban demasiado cerca Milius empuñó su guadaña sagrada de Morr y ordenó a los hombres que aprestasen sus armas de cuerpo a cuerpo. Brillos metálicos centellearon cuando los campesinos sacaron sus espadas viejas, machetes, mazas e incluso palas. Sólo se oían los gritos de los hombres al luchar mientras sus enemigos atacaban silenciosos e implacables en número cada vez mayor. Todos mirábamos como luchaban en el sur y en ese momento caímos en la cuenta de nuestro gran error, mientras mirábamos para otro lado nuestros enemigos se habían acercado y con el ruido del combate no los habíamos oído llegar y ahora estaban demasiado cerca para dispararles. ¡Cómo había podido ser tan estúpido! Nos giramos y cogimos nuestras armas preparados para recibir el ataque. De pronto empecé a sentir náuseas y un tremendo dolor de estómago, era ese olor a podrido... algunos campesinos vomitaron, esos no muertos olían realmente mal. Alcé mi guadaña al viento para sesgar la cabeza del primer zombie que se acercaba a mi cuando vi a lo lejos en la oscuridad un punto de luz verde mortecina. La cabeza del zombie cayó rodando y en ese instante vi cómo el punto de luz iba creciendo y creciendo hasta convertirse en un rayo que se dirigía hacia nuestra posición. Un segundo después una explosión y un destello cegador me tiraron al suelo. Cuando me levanté aturdido miré a mi alrededor... era desolador, casi todos los campesinos que defendían esa posición junto a mi estaban muertos o gravemente heridos. Era el fin. Estábamos perdidos. Los pocos hombres que se levantaron pronto se vieron atacados por 3 o 4 muertos vivientes y terminaron por caer. Yo mientras no conseguía ponerme en pie, me dolía todo el cuerpo por la explosión y el picor del brazo me lo había inutilizado totalmente. Un grupo de no muertos avanzaba hacia mi, todo estaba perdido. Alargué el brazo queriendo coger mi guadaña antes de que los zombies me atacasen pero soprendéntemente pasaron de largo. Tal vez no me habían visto... Dí gracias a Morr por darme otra oportunidad para combatir a mis enemigos cuando me di cuenta que junto a mi había una figura de pie vestida de negro que me miraba con desprecio... ¡Era mi hermano!
"Bienvenido a la no-vida" - dijo mientras me clavaba la maligna daga en el pecho. Los aldeanos habían muerto o huido a sus casas donde no tardarían en ser asesinados por sus incansables perseguidores. Había fallado en mi propósito en vida, tal vez ahora en la no-vida haga un mejor papel... y con esos pensamientos desperté aturdido convertido en lo que ahora soy, un nigromante no muerto a la sombra de mi maestro Heinrich, animando la mayor horda no-muerta que jamás verá el viejo mundo… |