

Ganador
III Concurso de Relatos Marcus Beli
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El Equilibrio autor: Carolina de Loncard |
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Los frondosos árboles del bosque de Loren siempre son hermosos, pero en
época de cría su belleza es deslumbrante. Los rojos, amarillos y
verdes bañan cada camino, cada esquina. El sol alumbra la vida y la
fortalece.
En esa época la magia del bosque es casi palpable para cualquier elfo, pero aquel día lo era aun mucho más para Dirion. Ahora que su hija Cirielle había decidido iniciar el camino de los cantores, la magia estaba mucho mas presente que nunca. Desde que nació, recordaba, todos dijeron que la pequeña era especial. Incluso él mismo, y su madre Zanir, lo percibieron. A su nacimiento asistieron, no sólo los cantores silvanos y los aeda, sino los más diversos espíritus del bosque. Todos los seres mágicos de Loren percibieron su extraordinaria naturaleza antes incluso de nacer, y muchos fuera de sus fronteras también… El tiempo pasó y Cirielle había pasado su larga infancia rodeada de seres mágicos que estimulaban su poder y la protegían de él. Los elfos sabían que una criatura así no pasaría inadvertida fuera del bosque. Sabían que en el mundo existían seres de tanto poder como para conocer su alto potencial para lo bueno… y lo malo. Por esa razón, uno de los aedas mas poderoso de Loren accedió a convertirse en el maestro y guardián de la elfa. Llegado el momento, enseñaría a Cirielle el camino de la magia, sus secretos, sus peligros y, quizá, se convertiría en una de ellos. La despedida era difícil pero necesaria. El aprendizaje adecuado para su hija no podía recibirlo allí, en su pueblo, debería ir al mismo corazón del bosque y entrar en el hogar de los aedas. -No puedo más que desear que seas feliz, y que si realmente éste es el camino que quieres, seas consecuente con él. Las palabras de su padre siempre eran sabias, pero éstas además eran tristes pues denotaban despedida. -Ve hija mía –le dijo su madre-, y que las bendiciones del bosque te acompañen. El camino hacia su destino sería largo, pues el hogar de la magia no está sólo físicamente en el centro de Loren, esta mucho más allá. Con ella solo llevaba una antigua capa élfica que existía en su familia desde el comienzo de los tiempos, y un hermoso amuleto protector. La brillante piedra azul colgaba de su cuello haciendo que pareciera aún mas largo. Bajo la capucha de su capa asomaban los deslumbrantes cabellos rubios que enmarcaban su hermoso y pálido rostro. Pero el brillo de sus ojos verdes no era comparable al de piedra alguna. Su mirada podía paralizar el corazón de cualquier ser en un estado de trance. Durante algún tiempo Cirielle vivió en el bosque, conociendo a los diferentes espíritus que en el vivían, aprendiendo de cada uno de ellos la esencia de la magia. La búsqueda del hogar de los aeda era una prueba más de las muchas que debería pasar a lo largo de su aprendizaje y de su vida. Un día se encontró en un claro del bosque con una mujer. Aparentemente no era más que una joven humana, pero Cirielle sabia que los cantores del bosque estaban vigilándola, y que era posible que se aparecieran a ella de cualquier manera. Aquello podía ser una prueba, y estaba dispuesta a pasarla. La joven la miraba fijamente y cuando la elfa se acerco le dijo: -Saludos joven Cirielle, me llamo Sarath y vengo desde muy lejos para conocerte. Dispuesta a mostrarse firme ante cualquier reto, contestó: -Aiya Sarath, bienvenida al bosque de Loren. –dijo haciendo una reverencia- Dime ¿qué puede querer de mi alguien que viene de tan lejos? -A ti, mí querida elfa. Has venido a aprender el arte de la magia, y yo a enseñártelo. Estoy aquí para despertar el gran poder que tienes, pero que no sabes usar. Su voz sonaba suave pero no era tan joven como la persona que la emitía. Era un sonido que el mundo llevaba mucho tiempo escuchando y la elfa la temió. -Cirielle, tu nacimiento ha sido esperado durante siglos por… por todas las criaturas del mundo. Tu vida esta destinada a ser el punto que desequilibre la eterna lucha entre la luz y la oscuridad. -Entonces la lucha ha terminado –dijo la elfa confiada-, la luz me tiene de su lado. Si es cierto eso que dices… -Despacio, mi niña, aun no estas en disposición de decidir por ti misma de que lado estás. El orgullo es más cercano al mal que al bien… Tan solo el creer saber donde está el bien y donde el mal ya es pretencioso por tu parte. Cirielle respiró hondo, aquello era extraño. Sabía que aún tenía mucho que aprender del mundo, que los aeda tenían conocimientos que ella no podía ni imaginar, y que aquella conversación podía ser parte de su primera lección. Pero aquella mujer… su voz… -Acércate, voy a enseñarte algo. Detrás de la mujer, en el centro del claro había un pequeño montículo de piedra cubierto de musgo. Sobre este había un objeto plano y redondo tapado por un gran pañuelo oscuro. -Una de las primeras cosas que debes aprender de este mundo es que el poder de la oscuridad es muy fuerte, es seductor, puede darte todo lo que deseas… -Debo conocerlo para saber como vencerlo, ¿no? –dijo la elfa tratando de mostrar su interés-. -Tienes que conocerlo para convencerte a ti misma de que lo que deseas es lo correcto. De que has escogido bien tu lugar. ¿Tienes alguna pregunta antes de empezar? -No me va a gustar lo que voy a ver, ¿no es cierto? Sarath sonrió, y con cada sonido de su risa su aspecto cambiaba, se oscurecía, se nublaba. -No. Antes de que Cirielle pudiera darse cuenta Sarath levanto el pañuelo y una luz oscura y maligna cubrió el claro. Rodeó a la elfa como si un manto invisible la arropara. Pero lejos de ser un manto caliente y agradable, aquella luz la entristecía, la acobardaba, la hundía en una profunda desesperación. -Déjate llevar, pequeña, -decía Sarath desde todos sitios- deja que el poder del mal te hable deja que… -No la escuches Cirielle… Una voz dulce apareció a lo lejos, en lo más profundo del alma de la elfa. Era calida pero débil. -Busca la luz, siente el espíritu del bosque y resiste. Pero la única luz que Cirielle veía era aquella fría oscuridad. Que cada vez era más y más fuerte. Sarath se acercó a la elfa que estaba sumida en un extraño y doloroso trance, y comenzó a entonar un cántico. Su aspecto era ahora muy diferente al que había mostrado frente a Cirielle. Sus ropas eran negras y en su pálido rostro brillaban dos temibles ojos negros. Levantó sus brazos y con cada palabra de su hechizo la oscuridad era más profunda, y la elfa más débil. Entonces ocurrió algo que Sarath no esperaba. Los árboles que ella misma había hechizado para preparar el lugar luchaban por librarse de las oscuras cadenas que los mantenían fijos y gritaban pidiendo ayuda. Los espíritus del bosque corrían hacia el lugar alertados… quedaba muy poco tiempo. El hechizo debería haber sometido ya a la elfa, pero esta se resistía con fuerza, tal y como la Reina temía. -Cirielle, escúchame –volvió a decir la dulce voz-. No estás sola, el bosque que te rodea lucha contigo para traerte de vuelta. Busca en tu interior el camino, sabes bien donde esta tu hogar. La joven elfa apenas podía moverse, pero con el último aliento de su alma levantó sus manos, agarró el amuleto que colgaba de su cuello y comenzó a entonar una vieja canción que recordaba haber escuchado en el bosque. Era la Nana del Agua. Los aeda se la cantaban a los árboles para que crecieran fuertes, y con cada nota la oscuridad empezaba a retirarse. Sarath no podía creerlo, aquella criatura apenas conocía el poder de la magia, pero su hechizo estaba perdiendo poder y la fuerza de la elfa la estaba haciendo retroceder. Entonces Cirielle abrió los ojos y mirando fijamente a la vampira dijo: -Sal de mi mente, bruja! -Ja Ja Ja!! Necia! –sonrió la vampira- ¿Acaso crees que una entupida canción puede postrar mi poder? Vendrás conmigo sea como sea, maldita. Mi Reina te quiere, y si no eres para ella, no serás para nadie. Levantó de nuevo los brazos y comenzó a recitar un conjuro. El cielo se oscureció rápidamente y la tierra tembló. La elfa estaba asustada, apenas si sabía porqué había funcionado la canción, pero estaba segura que empezar a cantarla de nuevo no serviría de nada. -Cirielle, esa magia es muy poderosa y esa bruja también. Si consigue lo que ha venido a buscar será el fin de todo. Tienes un gran poder, y aunque creas que no, sabes como enfrentarte a ella. Y de alguna manera era cierto. Con el amuleto aun en sus manos Cirielle cerró los ojos y pensó en sus padres, en su infancia, en el bosque, es cosas que llenaban su alma de alegría. En su mente el temor y la oscuridad de las palabras de Sarath se desvanecían y una inmensa paz las reemplazaba. Con un tirón seco arrancó el amuleto de su cuello… -No te llevaras el poder de este bosque, maltita bruja -dijo Cirielle-, las dos moriremos hoy aquí, y nadie saldrá vencedor. Mi vida por la tuya, mi bien por tu mal, mi luz por tu oscuridad. -NOOO!! –grito Sarta al entender las intenciones de la elfa. -Eras única Cirielle… única. La dulce voz en su mente ahora era mas clara, más reconocible, era su padre despidiéndose… otra vez… para siempre. Entonces la elfa levanto el amuleto, lo golpeó contra la roca y una cegadora luz blanca anego el bosque, arrasando todo vestigio de maldad y oscuridad que encontraba a su paso. Un sacrificio de vida que devolvía el equilibrio a todas las cosas. Cuando los espíritus del bosque llegaron al lugar sólo encontraron la capa de la elfa sobre el pequeño montículo de rocas. Sobre ellas ya no había musgo, sino diminutos trocitos de cristal que, extrañamente, no brillaban bajo la luz. - Mi señora, Sarath ha fracasado. Carolina hizo un gesto para que la mensajera se retirara y la dejara a solas. En su despacho de oscuras paredes y pesadas cortinas, reinaba el silencio y se respiraba un aire frió. Sobre la mesa había un juego de té de porcelana blanca con elaborados dibujos dorados. La señora de Loncard tomo la taza, dio un pequeño sorbo y volvió a ponerla sobre la bandeja. Apoyó sus manos en el filo de la mesa y apretó sus puños de tal manera que sus uñas se clavaron en la madera. Sarath ocupada una posición similar a la suya bajo las ordenes de la Reina Neferata, y era una hechicera Lamía muy poderosa, pero Carolina no podía dejar de pensar que ella habría sometido a la elfa sin problemas. Ahora habían perdido una preciada posesión que habría acelerado mucho los planes de su Reina. Tras la puerta de su despacho se escuchó un gran estruendo causado por el precioso juego de té que, ahora, yacía destrozado en el suelo. |