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Relato El Principio del Fin

Ganador
II Concurso de Relatos Marcus Beli


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El Fin del Principio

autor: Carolina de Loncard


- Ya la tengo.
- ¿Dónde la has encontrado?
- No muy lejos de aquí, trabaja en la herrería, mi señora, es la hija de Jarel.
- ¿El herrero?... interesante. ¿y…, es buena? La joven hizo una reverencia a la mujer y sonrió.- Es perfecta mi señora, hace tiempo que no observamos tanto talento. Y… es muy hermosa.
- Deseo conocerla. ¿Cuándo podemos verla?
- Esta misma tarde…



La multitud guardó silencio cuando el hombre se dispuso a tensar el arco. Frente a él, a unos ciento ochenta y cinco pasos estaba la diana, un montón de paja en forma de títere con varias dianas dibujadas en el estomago, la cara y el corazón. Las franjas de colores blancas, azules y rojas marcaban las distintas puntuaciones.El resto de participantes ya habían realizado sus tiros con diferentes suertes. El último era el vigente campeón, Arthur Leint, un estirado noble envestido en las más lujosas telas. Era hijo de uno de los primeros condes electores del aún joven Imperio. Su arco, una hermosísima talla de madera oscura, era una herencia familiar.

Todos esperaban una diana perfecta, y no les defraudó. La flecha saló disparada con un leve silbido y fue a clavarse en el centro de la diana más pequeña, en el corazón…La multitud rompió en aplausos y vítores, lo que él tanto esperaba. El premio apenas podía pagar la tela de su camisa, pero el fervor popular, la admiración y el sentimiento de ser mejor que todos, eran el premio que más ansiaba.
Estático en la misma postura, esperaba a que los aplausos cesaran cuando varios silbidos metálicos zumbaron en sus oídos. Antes de que nadie se cerciorada de aquello, la flecha de la diana caía al suelo partida en dos. En su lugar, un pequeño cuchillo de metal tallado se hallaba clavado hasta la empuñadura. Otros dos iguales al primero de encontraba igualmente hendidos en las otras dianas, justo en el centro de cada una.Los aplausos cesaron al instante, y poco a poco la multitud fue girando sus cabezas para mirar atrás. Arthur bajó el arco y tragando saliva se dio la vuelta. A unos treinta pasos de él había una mujer, una joven de apenas veinte años. Vestía una falda oscura y una blusa roja. Era muy hermosa, su piel era suave y de un perfecto rosado, pero sus ojos… ni inocencia, ni belleza, ni expresión alguna… sólo oscuridad.Enseguida la reconoció. Meses antes Arthur había organizado unas pruebas abiertas para tomar nuevos soldados bajo el emblema de la familia, y formarlos para engrosar las filas de sus defensas. Entre los participantes se encontraban jóvenes de los territorios circundantes al castillo, del que dependían en la mayoría de los casos.

Las normas de la inscripción eran claras: cada participante debía tener al menos un arma propia con la que realizar las pruebas. Aquellos que dispusieran de caballo podían usarlos, al resto se les proporcionaría uno. Ninguna norma prohibía a una mujer hacer las pruebas, pero era algo tan impensable que a nadie se le ocurrió tenerlo en cuenta.La muchacha llegó montada en un bello corcel marrón. Portaba espada y arco propio, y sendos cuchillos labrados bajo el fajín de su cintura. Tras insistir en ser inscrita en las pruebas fue llevada ante el hijo del señor del castillo, el cual, de modo casi irónico, se mostró paternal con ella al rechazare de plano su petición. La muchacha se marchó, y no se volvió a saber de ella. Cuando Arthur volvió a sus quehaceres, mientras contaba entretenido lo sucedido a sus consejeros, vio que sobre su escritorio había una nota. Estaba clavada con un pequeño cuchillo labrado en metal y decía:“Cuidad vuestra espalada caballero, porque un día, antes de que os deis cuenta, desearíais tenerme de vuestro lado.”



- Es perfecta Sofíe, buen trabajo. Tu reina sabrá recompensarte.



- Hola Jarel, ¿cómo va el negocio?

- Mi Señora Liliet!! –dijo el herrero sorprendido- Su presencia aquí es todo un honor para mí. ¿En qué puedo ayudarla?

- He estado en el concurso de tiro, he conocido a vuestra hija…El herrero frunció el ceño al recordar lo ocurrido. Liliet Nevile no era señora de aquellas tierras, ni de ningunas que nadie conociera por allí, pero no necesitaría orden alguna para castigar a su hija por lo ocurrido.- Debéis perdonarla mi señora, es una imprudente chiquilla. Desde que el señor la rechazó en las pruebas, con toda la razón, es cómo si estuviera enfadada con el mundo. Su madre y yo no sabemos que hacer con ella.

- Yo me encargaré de ella Jarel, la llevaré conmigo y la educaré, la convertiré en una gran señora, y haré que pierda esa amargura. Las palabras de Liliet no eran una petición, más bien era una orden. Pero en aquel tiempo y en aquel territorio, una mujer no tenía más destino que casarse y ser madre. Jarel era consciente de que si hija sería difícil de casar, y pensándolo bien entregarla a Liliet era lo mejor que podía hacer por ella.- Está bien, así sea. Dos días después, con el alba, Liliet, Sofíe y la hija de Jarel abandonaron la aldea para no volver jamás.



Durante meses las tres mujeres viajaron por muchos lugares, pero siempre con la caída del alba. Allá donde iban Liliet era recibida como una señora pudiente, y servida de tal manera. Pero pocas veces iban a castillos o grandes ciudades. Normalmente visitaban pequeñas aldeas donde hacían tratos con artesanos de todas clases, armeros, herreros, sastres, curanderos, herboristas…Mientras tanto, Sofíe enseñaba a la hija de Jarel las artes de la guerra. La muchacha aprendía rápido, se notaba que los años trabajados en la herrería la habían fortalecido. En poco tiempo, su ya de por sí buena puntería se había agudizado aún más, y su manejo de la espada era especialmente rápido.Liliet observaba de cerca el aprendizaje. La joven era una muchacha muy callada. Durante los largos viajes apenas había escuchado su voz un par de veces. Denotaba gran interés en las enseñanzas de Sofíe y nunca demostró el más mínimo recelo a abandonar su hogar. Parecía saber muy bien cual era su lugar en aquella expedición, y jamás preguntaba nada acerca del hecho de viajar de noche. Cada vez, Liliet se convencía más de que habían encontrado a la candidata perfecta.



El castillo de Arthur Leint era uno de los más nuevos que se habían edificado desde el comienzo del Imperio. Las tierras que rodeaban estos palacios comenzaron a llenarse de campesinos que buscaban el abrigo y protección de un señor. En la gran mayoría de los casos, recibían una atención que pagaban con su trabajo en las labores del campo.La familia Leint había alcanzado un alto rango en la sociedad desde que el señor Leint, el padre de Arthur, había sido escogido como conde elector. Las cosas mejoraron mucho para todos, pues el nivel social no sólo daba acceso a amistades interesantes, sino a ciertos beneficios económicos que sacaron a la familia de la inminente ruina que les acechaba.Arthur era hijo único, y había sido mimado y consentido desde su casi milagrosa gestación. Desde jovencito disponía de hermosas vestiduras, comidas copiosas y todos aquellos deseos que pidiera. Cuando la economía de la familia se vio entorpecida por el cambio político, el muchacho contaba con trece años, demasiados para saber lo que quería, pero pocos para entender que ya no podían ser cumplidas todas sus peticiones.Cuando su padre obtuvo el cargo, prometió a su hijo no volver a negarle nada, y este tomó buena nota de aquella promesa.Los años siguientes a la elección fueron de abundancia y Arthur, que ya contaba con dieciocho años, hizo acopio de todo aquello que se le antojaba. Entre otras cosas, estaba empeñado en ser dueño de la más grandiosa colección de caballos de todo el Imperio.

Desde tierras muy lejanas hacia traer hermosísimas monturas. En su haber, contaba ya con cinco magníficos animales. Uno de ellos, era un semental blanco que, según dijo el vendedor, era hijo de un caballo élfico.

El animal era realmente impresionante, su crin era tan blanca como su lomo, y tenía unos penetrantes ojos azules. Era casi salvaje. Arthur no se atrevía a montarlo, decía que lo reservaba para una ocasión especial, pero en realidad no quería admitir su miedo.La tarde de su vigésimo sexto cumpleaños, justo tras el alba, Arthur daba su tradicional paseo por las caballerizas para admirar su colección.

Junto a su mejor caballo había una hermosa mujer, acariciando al animal que estaba extrañamente placido y tranquilo ante ella. Arthur no se sorprendió, su padre había invitado a la fiesta a todas las muchachas casaderas del Imperio.La mujer era muy hermosa, tenía una piel cenicienta y unos ojos oscuros que le hipnotizaron al instante. Se acercó a ella con paso gallardo y decidido, pero la mujer no esperó a que se acercara más. Bajo su capa escondía un puñal que aferró con fuerza. De un golpe lanzó al hombre al suelo y se colocó sobre el a horcajadas, sujetando con sus muslos los brazos de éste: Tenía una fuerza inhumana.Arthur gritaba pidiendo ayuda, asustado como un niño pequeño. La mujer deslizaba el filo del cuchillo por su cuello mientras jugueteaba con su pelo. Le sonreía, pero su sonrisa era aterradora y el joven comenzó a llorar.

Como pudo, alzó su cuello para mirar la puerta que, desde su posición, veía invertida. En el umbral de esta vio una figura. Trató de gritar de nuevo pidiendo ayuda. La figura entro en el establo, caminando despacio para que el hombre pudiera verla. Poco a poco los ojos de Arthur fueron venciendo el contraluz de la puerta. Y entonces al vio. Era ella, la muchacha del concurso de tiro, la que él rechazó… la muchacha de los cuchillos labrados.



Morrslieb lucía pletórica en el cielo. Engalanaba la noche con una luz especialmente hermosa que bañaba la tierra hasta el horizonte. Estaban en lo alto de una colina desierta, sin árboles ni arbustos, lejos de los territorios de la familia Leint.La muchacha miraba sus manos llenas de sangre. Todo había terminado, él estaba muerto y ella se sentía… se sentía muy bien. Había sentido una especial excitación matando aquel despreciable hombre. Había disfrutado haciéndolo y se había ensañado con él. Había manchado cada uno de sus cuchillos con su sangre. El ritual había comenzado. Liliet y Sofie alzaban sus voces frente al fuego en un dialecto que ella no entendía. Las llamas crecían a cada palabra que las vampiras pronunciaban. Ella estaba de rodillas frente al fuego abrasador. Delante suya había una copa llena de sangre. La sangre fresca de la victima. En su cabeza se repetían las aún recientes imágenes de todo lo ocurrido.Los cánticos se multiplicaron como si todo un coro se uniera a las dos mujeres. Su cabeza empezó a nublarse, todo daba vueltas a su alrededor, sentía que perdía las fuerzas, sentía que perdía… la vida.

- Levántate, mi querida niña -dijo la voz de Liliet-, coge mi mano y conóceme como a tu hermana, como a tu igual. Admira el mundo con tus nuevos ojos, toca la tierra con tu nueva piel, siente la noche con tu nuevo corazón… Se bienvenida a la orden con tu nuevo nombre… Carolina.