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Relato Delirios de Grandeza


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Delirios de Grandeza

autor: ABDZIEL


La ciudad parecía dormida desde la loma. Sólo los ojos de un buen bohemio sabrían apreciar lo espectacular de la vista que allí se ofrecía. La magnificencia con la que los altos torreones de la muralla y las almenas saludaban a los extraños que se agolpaban abajo en los portones… todo ello dejaba a uno extasiado. Más allá, la vista alcanzaba a ver un conjunto de edificios preciosos en su manufactura, de elaborados detalles religiosos y vibrantes de energías místicas. Allí se alzaba majestuosa, la cúpula de la inmensa Catedral de Sigmar, y por aquí y por allá, se observaban elaboradas torres de formas imposibles… los Colegios de la Magia.

No lo podía explicar mejor. Sólo había que verlo. Tal vez era esa unión de lo religioso junto con las artes arcanas. Esa mezcla tan explosiva… tan colosal… y sin embargo, conviviendo tan estrechamente. Pero no era sólo eso. No. Se trataba de ver cosas más terrenales. De ver el imponente palacio del Emperador, símbolo del poder de la mayor nación del Viejo Mundo. Y de ver los montones de casas humildes, apiñadas en los barrios más o menos pobres de sus alrededores. Era lo que todo cosmopolita podría desear, ver y sentir… e incluso tocar.

Podría enumerar a todos y cada uno de los elementos que constituían esta hermosa ciudad. Desde campesinos y mercaderes, pasando por herreros y guardias de la ciudad, hasta grandes nobles, sacerdotes, magos y oficiales de los gloriosos ejércitos del Imperio. Pero sin duda, eso me llevaría un gran tiempo; y no lo que tardaría en describir allí de dónde yo vengo.

Una vez dentro; en sus calles. Se apreciaba la esencia de la ciudad. En si misma parece que tiene vida propia, que evoluciona según lo hacen sus gentes, que ríe y llora de la misma manera que un mero mortal pudiera hacerlo.

Si paseas por la Avenida de los Héroes, el pecho de todo buen ciudadano se debe hinchar de orgullo. Innumerables monumentos dedicados a grandes héroes del Imperio; muchos de los cuales, a buen seguro estarán ya olvidados por todos menos por los mejores eruditos. En cada una, junto al pedestal de oro, se puede leer parte de la biografía de aquel gran hombre. Simplemente incomparable… majestuosamente bello.

Incomparable belleza la de los Jardines Imperiales. Incomparables gentes que se desviven y trabajan cada día por llevar algo de comida a su hogar. Pero incluso entre las gentes menos agraciadas, se puede observar ese rostro de satisfacción… tal vez de orgullo diría yo.

Esta noche, en la Gran Biblioteca de Altdorf me he quedado hasta bien entrada la noche. Increíbles tomos de autores míticos en la historia, junto con grandes obras de autores modernos podían leerse allí. Cualquier cosa que pudieras imaginar… ¡allí lo tenían! Había incluso libros en lengua élfica y enana. Incluso tomos, que bien podrían llegar a considerarse heréticos y blasfemos por la Santa Orden de Sigmar, lo cuál es poco decir, para esos fanáticos.

Ahora sin embargo… ya es tarde para volver a esa magnífica ciudad. Para regodearme con sus gentes y con los aromas que desprenden. Lo cual me recuerda a sus tabernas. ¡Santuarios! Eso es lo que son. El máximo exponente de lo que toda persona puede esperar para olvidarse de los inconvenientes de las cotidianas vidas. Así como para disfrutar de una buena compañía y una comida caliente por un módico precio.

Ahh… y sin embargo, que tarde es. Tarde para volver a casa, tarde para pensar en otra cosa. Tarde para todo. Es curioso; y me atrevería a decir que incluso irónico. Bien… podría olvidarlo todo y dejarlo estar. Pero algo en mi interior me insta a que lo haga. Es hora de hacerlo…



La noche era espectacular, salpicada aquí y allá por alguna nube espumosa de curvas turgentes que se movía descuidadamente y amenazaba con descargar su contenido en los alrededores.

Desde lo alto de la loma, el aire silbaba furioso, aunque aquello era normal en esta época del año. Ese aire llevaba un sonido… lejano. Llevaba el sonido de cascos… corceles. Se escuchaba el sonido de unas ruedas y el quedo crepitar de madera debido al peso que soportaban… un carruaje tal vez.

Luego un sonido de pasos lentos y metódicos.

Se abre una puerta.

Se cierra.

Después, el sonido de una fusta restallando. Poco después… un leve gemido que transportaba el viento… apenas un susurro en la furiosa tempestad de esta noche.

Si fuéramos un ave, en ese momento podríamos tomar altura. Podríamos ver como a un lado el carruaje se alejaba de la loma hacia la oscuridad, lejos de la civilización. Y al otro lado, podríamos ver la ciudad, magnífica y radiante. Luz y sombra… oscuridad y resplandor en una armonía imposible de concebir.



La ciudad parecía dormida; pero Gotthard sabía que no era así. Algo había… algo que se movía silenciosamente. Que se deslizaba desde las húmedas calles hasta el palco del anfiteatro del Teatro Memorial de Altdorf. Subía por las escalinatas de la plaza del Nördlichmarkt para desaparecer de repente en lo más recóndito de los barrios ricos de la gran urbe.

Seis años habían pasado ya. ¡Seis! Seis años de penurias y desalientos, de frío y humedad en extremo hasta los abrasadores restos de pueblos incendiados cuyos habitantes habían sido pasados a cuchillo.

Había recorrido el Imperio de un extremo a otro; muchas veces sólo para darse cuenta de que había sido engañado y había tenido que volver sobre sus pasos a ninguna parte… ninguna pista.

Pero por fin había dado con su presa después de tanto tiempo. Parecía increíble que hubiera llegado tan lejos, y sin embargo esta noche era su oportunidad. Tal vez… su única oportunidad.

En la mente de Gotthard se abrió la incertidumbre de si su presa lo había hecho a propósito el dejarse aparecer. Y… si fuera así, ¿por qué lo haría? Tal vez, en su arrogancia, esperaba que el cazador de brujas observara impotente alguna que otra cosa terrible y espeluznante.

Ahora, se encontraba en el tejado de una lujosa mansión del barrio rico de Altdorf. La luna mayor, resplandecía al fondo entrecortada por las nubes. El viento, más gélido de lo que cabría esperar, azotaba y castiga la curtida piel de Gotthard. El cuál tenía los nervios a flor de piel. Su mano izquierda, enguantada en cuero negro, agarró con fuerza el bendito sable de su Orden. Mientras con la otra apretaba con fuerza un sello de Sigmar. Apenas a veinte pasos, se encontraba tranquilamente su objetivo. Parecía ensimismado, despreocupado de lo que sucediera a su alrededor, como si el mundo entero no pareciera estar en consonancia con él mismo.

Gotthard tragó saliva. Había empezado a sudar a pesar del frío, y pequeñas gotas se condensaban ya en su frente y resbalaban poco a poco hasta la prominente nariz. De repente, y como un rayo que golpea en la tierra, el cazador de brujas sintió una punzada hiriente en el estómago. Después de tanto tiempo, después de tantas energías gastadas y horas de sueño perdidas… se había olvidado de algo. Ahora… es tarde, por supuesto. Pero, ¿cómo lo había olvidado?

La naturaleza de su presa… de su diabólica presa. ¿Realmente estaba preparado para hacerle frente? Volvió a mirar hacia la figura que seguía inmóvil, ajena a todo. Era un estúpido… sabía perfectamente que él ya estaba esperándolo, incluso antes de que seis meses atrás comenzara su labor de investigación. ¿Por qué ahora se preguntaba?

- Sencillo… - dijo una voz grave y profunda.

La presa de Gotthard, comenzó a hablar, pero ni siquiera hizo gesto alguno de girarse o buscar la mirada de su presunto cazador. En la mente del cazador sólo había la más pura de las incongruencias.

- Sencillo. – repitió la voz. – Tú… serás quién me ayude a escapar.

Gotthard no podía articular palabra, pero poco a poco la confusión fue gestando la ira y la justa rabia del cazador de brujas.

- No. Seré yo quién te ayude a expiar tus pecados… blasfemia vestida de hombre.
- Valientes palabras… para ser un estúpido cazador de brujas.
- No oses insultarme bestia. Pronto conocerás el descanso eterno.
- Me temo que todavía no será… Freidrich.

Gotthard vaciló un momento al escuchar su antiguo nombre de pila. Creía que nadie lo conocería ya a estas alturas, pues hacia tiempo que sus padres habían muerto, que eran los únicos conocedores de su identidad.

- No eres tan diferente de mí. – continuó hablando.
- Lo soy… cualquier hombre lo es.
- ¿De verdad lo crees? Dime. ¿Cuándo abandonaste la razón por el fanatismo?
- No hay fanatismo detrás mis acciones… sólo la sagrada justicia de Sigmar.
- Entonces… ¿por qué mandaste a la hoguera a tus padres? ¿Por qué cambiaste tu identidad tras aquel deplorable acto? ¿Por qué te ocultas incluso hasta de otros camaradas tuyos? Dudo que quieras responderme, pero sé que ya sabes la respuesta.

Las palabras de aquel personaje enfurecían de sobremanera al cazador de brujas que rápidamente sacó una pistola ballesta escondida tras la capa y disparo una pequeña salva de virotes contra la figura que seguía observando en dirección a Mannslieb. Ni siquiera se movió y los dardos iban a clavarse en su desprotegida espalda. Sin embargo en el último momento una fuerza invisible los hizo caer al suelo como ramitas secas.

Gotthard, no esperó siquiera un segundo para lanzarse a la carrera por el tejado de la mansión. Utilizando una cuerda con garfio atada a su cinturón, la lanzó para atrapar las piernas de su presa, mientras con la mano izquierda ya blandía el sable de caballería por encima del sombrero típico del cazador de brujas.

Su objetivo siguió sin moverse, y esta vez, el garfio dio en su presa; lo que aprovechó Gotthard para tirar con fuerza de la cuerda con la intención de derribarlo. No lo consiguió.

Sin embargo, en apenas un parpadeo, Gotthard se encontró con su cuerpo sobresaliendo por la terraza. Observó como su pesado sable cayó estrepitosamente contra el suelo mientras una firme mano lo agarraba con fuerza del cuello. Apenas podía respirar.

De repente el cazador de brujas se enfrentó con el rostro de su presa por primera vez. Aquella imagen no la olvidaría durante el resto de su vida.

Por primera vez, desde que fue nombrado cazador de brujas, Gotthard sintió verdadero terror. Un pánico terrible se apoderó de su mente y empezó a revolverse. Era imposible soltarse de la fuerte presa de aquella extraña figura.

- Saludos Gotthard. Por fin nos conocemos personalmente. – dijo aquel ser con una horrible sonrisa aflorando a su rostro. – Como bien te he dicho antes… no somos tan diferentes… al menos no dentro de un rato. Tú serás mi salvoconducto, mi vía libre. Nadie podrá impedirme el regreso a casa ni nadie desvelar mi identidad.

- Jamás te ayudaré bestia inmunda. – y Gotthard escupió a la cara de su ahora captor.
- Estúpido. – dijo mientras se secaba el rostro. – Suerte tienes, de que ya te tenga deparado ciertos planes... insignificante mortal. De hecho es irónico tu destino, así como las mismas condiciones. En cierta manera lo puedes pensar como un justo pago por tus acciones en el pasado. Así como yo hago ahora de justo e imparcial juez… lo cuál no deja de ser también irónico. En fin… no perderé más tiempo contigo. Tranquilo no te dolerá…



A la mañana siguiente, Altdorf despertó alarmada. En lo alto del Campanario de la Resolución se había encontrado el cuerpo lacio y muerto de un sacerdote. Al parecer, según el capitán-inspector de la guardia, primero se había quitado los ojos y después se había ahorcado… o al menos eso era lo que querían que el pueblo supiera… nadie dijo nada de que el sacerdote se encontraba totalmente exangüe.

Más tarde, en ese mismo día, un bibliotecario encontró dos ojos humanos aún ensangrentados encima de un antiguo libro. Su autor era anónimo y, en las tapas de cuero endurecido se podía ver todavía el título de la obra… La Hora de Hel Fenn.

Por la tarde, justo antes de la novena hora… un Mariscal de la Reiksgard había encontrado una carta con un sello… dirigida expresamente al magnánimo Emperador Karl Franz. La había encontrado, de manera casual frente a la estatua del gran héroe imperial, Martin von Kessel.

“No hay olvido. No hay tregua… sólo la paz que encontraréis en la muerte. Nosotros somos sus heraldos y la noche nuestra aliada. Buscar refugio en vuestra casa, en vuestras armas. Incluso podréis huir lejos de la ciudad. Buscar sino, refugio en vuestra fe, en vuestra esperanza y confianza de los poderosos ejércitos que os van a proteger. Pero recordar… no será mi mano la que haga que vuestra vida expire… será la de vuestra esposa, la de vuestro hijo o sobrino. La de aquel amigo de la infancia o tal vez de vuestro propio padre. Del sacerdote o del herrero… pues cada una de vuestras muertes sólo servirá para alimentar nuestro ejército. Pero no desesperéis, pues todos tendréis un lugar en nuestras filas…”

Meses más tarde un grupo de cazadores de brujas dio caza y exterminó al culpable de aquellas atrocidades en Altdorf y en una docena de pueblos más. En un pueblo en lo más profundo del Drakwald, mientras las casas ardían alrededor, Friedrich van Hal encontró su propio descanso eterno.