

Homenaje a un antiguo compañero de hobby.
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Caballero de Leyenda autor: Mortis |
Sobre Gulés, un águilaSobre Gulés, un águila dorada... Ese había sido y seguía siendo, aún hoy día, la enseña de su familia...
Por su blasón estaba obligado a ayudar los menos favorecidos, a los indefensos, a los débiles... aquello
le había enorgullecido desde que era apenas un infante que recorría los pasillos de la enorme casa señorial,
con su espada de madera en la mano y el escudo de su padre con la heráldica familiar colgada a la espalda,
pues era demasiado grande y pesado para un niño de su edad.
Nadie se libraba de sus desafíos y, aquellos que aceptaban, eran derrotados por una dolorosa patada en la
espinilla; ser llamado cobarde por un niño tan pequeño hería el orgullo de muchos, pero eso era mejor que
una dolorosa contusión y estar cojeando dos días.
La vida transcurría plácida y sin altercados en su mundo, pero las cosas buenas nunca duran;
las primeras clases de esgrima resultaron traumáticas para Gilberto, el infante y futuro heredero.
Estaba acostumbrado a ganar en desafío a todos y le resultaba frustrante que el profesor burlase todas sus estocadas,
una tras otra terminaban con sonoro y humillante golpe en su trasero con la espada de entrenamiento del profesor...
Desesperado y furioso, Gilberto recurrió a lo que casi nunca había fallado; pero los puntapiés tampoco funcionaron,
pues el profesor, tras ser informado por la familia de las hazañas del joven, estaba usando grebas y el puntapié
propinado fue bastante más doloroso para él que para el profesor.
El único que había derrotado hasta entonces a Gilberto había sido su padre que, cansado ya de los juegos y
patadas de su primogénito, acababa todos los desafíos de forma expeditiva: sujetando por el tobillo y boca abajo
a su desarmado heredero. Lo mantenía colgado hasta que acudían los criados (alertados por los tremendos alaridos de
Gilberto) y se hacían cargo de él.
El joven, poco a poco, empezó a entender que en la esgrima, como en la vida, las justas se ganan con cabeza, no
con la espada; usar la espada no era lo suyo, pero la cabeza, desde luego, tampoco. No sirvieron de nada los entrenamientos
intensivos ni los castigos físicos a los que le sometían diversos profesores de renombre, que desfilaron por su vida
durante su periodo de adiestramiento para caballero. Fueron muchos los que abandonaron las clases de esgrima antes de
tiempo y se marcharon (muchos de ellos cojeando). Los otros se marcharon incapaces de superar la torpeza de Gilberto.
Al menos el resto de su entrenamiento de caballero se le daba bastante bien, le decía su madre para tratar de consolarlo.
Cuando se hizo lo suficientemente mayor, su padre tuvo que usar toda su influencia para que Gilberto fuese aceptado
como caballero novel, pero finalmente el heredero entró al servicio del reino y cabalgó a lomos de su
magnífico caballo bretoniano. Engalanado con su brillante armadura, sostenía con orgullo y arrogancia un escudo
que mostraba sobre gulés, un águila dorada, jurándose que dejaría muy alto la enseña de sus antecesores.
Su padre esperaba que la batalla le enseñase a su temperamental heredero lo que varias decenas de profesores
no habían podido enseñarle.
Su primera acción bélica fue luchar contra unos Hombres Bestia que habían estado saqueando las gloriosas
tierras de su amado reino. Los encontró en una de sus solitarias expediciones. No eran muchos, pero había uno,
seguramente el jefe, especialmente grande y con un aspecto poco tranquilizador. Decidió demostrar su valía
cargando contra la enorme bestia. Bajó el visor de su yelmo, espoleó al caballo y apuntó la lanza hacia su
enemigo en señal de desafío... sucedió demasiado deprisa y cuando recuperó la consciencia estaba tendido
boca abajo, mirando a su maltrecho escudo que se encontraba aún amarrado a su brazo.
Se incorporó y desenfundó su espada, buscando a su enemigo, pero fue su enemigo quien le encontró a él,
un enorme hombre bestia, el jefe al que había desafiado, que se hallaba erguido sobre el cadáver medio
devorado de su fabuloso caballo bretón (que en estas condiciones ya no parecía tan fabuloso) mientras el
resto de la manada formaba un círculo a su alrededor para disfrutar de la contienda y cortarle la retirada.
Hubiese jurado que aquella bestia, aquella enorme bestia (se corrigió), se mofaba de él.
Aquello enfureció sobremanera a Gilberto, que cargó con ciega furia contra la descomunal bestia,
lanzándole una estocada tras otra en una demostración de todo lo que había aprendido de las clases de
esgrima, en concreto había aprendido en esas clases que la esgrima no era lo suyo... Cansado ya de jugar
con él, el Hombre Bestia decidió acabar con aquello y con un barrido de su enorme garrote la espada de
Gilberto voló lejos de su mano, afortunadamente consiguió bloquear con su escudo el segundo golpe que
habría enviado su cabeza tras la espada, dejando preocupantemente atrás su cuerpo.
Mientras los hombres bestia rugían a su alrededor, conseguía esquivar y bloquear como buenamente
podía la terrible lluvia de golpes que el líder de la manada le lanzaba hasta que, cansado ya de aplastar
una y otra vez el águila que decoraba el escudo del bretoniano sin conseguir desplumarla, la bestia se
tomó un momento de respiro, que aprovechó el bretoniano para propinarle una terrible patada en la espinilla.
Un alarido de sorpresa y dolor surgió de los más profundo de las entrañas de la humillada y dolorida bestia,
acallando el resto de rugidos de la manada. Incluso dejó caer su enorme garrote por lo imprevisto del ataque,
que volvió a repetirse dolorosamente una y otra vez, y otra...
El pánico superó su perplejidad, no se había enfrentado nunca a un enemigo con semejante mala sombra, se dio
la vuelta y corrió... bueno, más que correr se alejó trastabillando y cojeando lo más rápido que pudo.
Gilberto, asombrado, pues ya se daba por muerto, observó como su contrincante se alejaba y cambiaba...
mutaba en una repulsiva monstruosidad salida de las más retorcidas mentes diabólicas, transformándose
en un engendro, castigado por los Dioses del Caos ante la humillación de verse derrotado a puntapiés por
un humano desarmado. El resto de la manada, al verse privada de su liderazgo, huyó en desbandada.
La noticia de tan peculiar gesta Bretoniana corrió como el viento por las tierras cercanas, convirtiéndose
en motivo de mofa entre el populacho.
El siguiente destino de Gilberto fueron las cruzadas de Arabia, a las que fue llamado por un
emisario real (previa generosa aportación de su padre a la causa, en un intento por acallar las burlas
del pueblo llano), esa fue la última vez que le vieron por las tierras de sus ancestros.
Quien sabe cuantas doncellas fueron salvadas a golpe de puntapié y cuantos enemigos huyeron
cojeando del combate con tan magno caballero. Nadie sabe con certeza qué suerte corrió Gilberto,
pero está claro que se convirtió en una leyenda entre el populacho y motivo de muchos chistes, claro.
La última noticia que se tuvo de las andanzas del caballero, fue que partió hacia la lejana tierra de Cathay,
para aprender, según dicen, un arte de lucha sin armas. Al menos esto atestiguan los comerciantes que
siguen la Ruta de la Seda, que aseguran haber visto en el camino a Cathay un caballero bretoniano con un
escudo que mostraba sobre Gulés, un águila dorada y que ayudaba siempre que le era posible a los menos
favorecidos, a los indefensos, a los débiles; pero eso, claro, es parte de la leyenda...