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Athel Ethrera autor: Alvarion NOTA: Este relato iba inicialmente en el suplemento "Asalto a las Murallas", pero por su longitud se ha preferido subir independiente a la web. Disfrutad de un verdadero asedio... |
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Lathain contempló la calma del amanecer con gesto firme desde las almenas. El Sol se alzaba rojo entre las montañas del Viejo Mundo. Su tierra desde hacía siglos, ahora se veía invadida por aquellos a los que habían llamado amigos, por aquellos por los que hubiera dado su sangre hace tan solo diez lustros. ¿Qué había hecho que se llegara a este punto? Era una pregunta que se repetía a sí mismo muchas veces el castellano de Athel Ethrera. No quería cuestionar a su lejano primo, el mismísimo Rey Fénix, elegido por los dioses para gobernar a los Asur, pero en el fondo de su alma sabía que el orgullo de su monarca había sido una de las causas, así como la poca capacidad de comprensión del mundo por parte de los enanos. Bien, las defensas estaban dispuestas, y las tropas preparadas. Esperaba que no hubiera derramamiento de sangre, pero sabía que era poco probable. La orden era tratar de hacer comprender al enemigo lo inútil de su empeño, y evitar combatir. Parecía que quien hubiera dado la orden no conocía mucho a los enanos. Se escuchó el sonido de unos tambores en el campamento enano, y una pequeña comitiva se acercó a las murallas. Las puertas no se abrieron, pero Lathain se dejó ver entre las almenas, puesto que la comitiva de enanos portaba la bandera blanca. Cuatro enanos esperaban bajo las murallas. El portador de la bandera blanca era un guerrero anciano con una larguísima barba canosa, con otro enorme enano que portaba un estandarte con un hacha y una torre como blasón, mas un tercer enano que portaba unas tablillas de piedra que leía cuidadosamente con unas lentes que descansaban en la punta de su nariz y era el único que no parecía vestido para el combate. Y, por último, el general enano. Lucía una espesa barba blanca trenzada, y portaba una enorme hacha ceremonial en la espalda. Fue el tercer enano el que se adelantó para hablar, resultando ser el embajador. Expresó en un tosco élfico:
Un murmullo se propagó por las almenas de Athel Ethrera. y el propio Lathain respondió, lentamente para que le entendieran:
Kharin entrecerró los ojos y susurró algo al embajador.
Un murmullo mayor recorrió las almenas una vez más.
Los primeros cañones comenzaron su canción unas horas después, pero las murallas estaban protegidas por la magia y la mayoría de los cañonazos no lograban más que ennegrecer los ornamentos de las almenas. Al cabo de un rato, los enanos cambiaron el objetivo, y los cañones dispararon por encima de las murallas, a los edificios más grandes y emblemáticos. Las torres de hechicería, sabiduría y adivinación fueron destruidas en primer lugar. Luego fue el templo dedicado a Asuryan el que recibió castigo, y así siguió hasta el atardecer. Lathain no podía esperar más. Desde las almenas observó al ejército enemigo, desplegado a varios cientos de metros de distancia, con sus cañones, sus torres de asedio, toscas pero resistentes, sus ballesteros... Había que salir a pesar de que los enanos se contaran por miles, porque esas máquinas infernales estaban acabando con la ciudad. Miró a Erethil, que sin necesidad de más señal, asintió y se marchó a la carrera con su armadura de Caledor resplandeciendo con las últimas horas del día. Alassera, la capitana de los Yelmos plateados fijó la mirada en Lathain, y éste dijo simplemente: "Adelante, pues". Las puertas de Athel Ethrera se abrieron, y vomitaron miles de lanceros y arqueros élficos, mientras los yelmos plateados de Alassera se posicionaban en el flanco. Ésa fue la señal para los enanos, que comenzaron a avanzar al unísono. El suelo se estremecía con los cañonazos, con el avance de las torres de asedio, con el de los guerreros enanos enfundados en gromril avanzando en perfecta formación, escudo con escudo, al ritmo de los tambores. Y, frente a ellos, los cascos de los corceles élficos y el sonido de las trompetas de las lanzas de Ulthuan silenciaban el sonido de los lanzavirotes garra de águila, que comenzaban su propia canción de muerte ahora que se acercaban los enemigos. Cuando los dos ejércitos estuvieron más cerca, el cielo se oscureció por las saetas de los arcos élficos, y los virotes de las ballestas enanas. Entonces empezó el caos... Elfos y enanos caían por todas partes, haciendo tropezar a sus compañeros. Más y más cerca, los enanos incrementaron el paso, y los disciplinados lanceros elfos, que cerraron filas para proteger a los arqueros, prepararon las lanzas y aguantaron. Alassera ordenó la carga, las trompetas sonaron y los jinetes de yelmo plateado apuntaron con sus lanzas de caballería a los corazones de los enanos. Y entonces, chocaron... Los enanos mantuvieron firmes sus escudos y muchos resistieron la acometida de las poderosas lanzas plateadas, pero los corceles élficos saltaron por encima y el combate se volvió mas fiero. Enanos y elfos atrapados en un sangriento combate, los corceles cayendo al suelo, enanos aplastados por ellos, elfos rompiéndose huesos en la caída... Los enanos poco a poco iban empujando y ganando terreno. Entonces los lanceros llegaron al combate, y éste se equilibró. Los guerreros enanos encontraron su igual y ambas fuerzas se quedaron bloqueadas, disciplinadas, sin ceder ni un ápice de terreno. Alassera consiguió reagrupar a las debilitadas fuerzas de los Yelmos Plateados y preparó una nueva carga. Ésta vez, los enanos estaban demasiado ocupados luchando contra el núcleo de la fuerza élfica, y las lanzas de caballería atravesaron a sus enemigos, creando una brecha en la línea enana Fue en ese momento cuando la tierra pareció estremecerse, y de un túnel abierto de la nada, mineros enanos salieron a la carga sobre la retaguardia élfica. Además, en el centro del combate, las torres de asedio enanas, impulsadas por extraños artilugios mecánicos, avanzaban con potencia y resistencia, sin que ningún elfo pudiera evitarlo, por lo que finalmente la línea élfica cedió, y comenzaron a retroceder. Los Yelmos plateados, dirigidos por Alassera que había visto lo que ocurría, abandonaron su ataque, y trataron de dispersar a los mineros para que se pudiera producir la retirada. Lathain observó desde las almenas cómo la batalla se acercaba a la ciudad, y miró al cielo. "Ya deberían estar aquí..." pensó. Y llegaron. Erethil y sus jinetes de dragón. Cinco dragones descendieron de los cielos, con sus escamas devolviendo destellos carmesíes, azul metálico y amarillo brillante. Cayeron sobre las torres como un martillo que aplasta una nuez, y sus rugidos silenciaron todo lo demás. Sin embargo, las fuerzas eran tan enormes, que los dragones no eran más que rocas cayendo sobre un río embravecido, y los enanos llegaron por fin a las murallas, mientras los elfos que permanecían fuera de éstas, se concentraban en pequeños grupos tratando de impedir el asedio. Un grupo enorme de mineros ascendía ya por las escalas, pero la dama Elwereth, apodada “Hija de Isha”, chascó los dedos mientras que dos defensores de la muralla vertían un denso líquido desde las almenas, y el líquido comenzó a arder. El fuego era verdoso, y se propagó rapidamente entre los enanos, que cayeron gritando, y expandieron el fuego entre sus compañeros, que se revolcaron por el suelo sin éxito, pues el fuego alquímico de los elfos no se apaga. Pero se escuchó un cañón, luego un rugido de dolor, y un enorme dragón rojo cayó sobre las almenas, arrancando la parte superior de la muralla, y acabando con la vida de Elwereth y los defensores de esa sección. Al otro lado de la muralla, Lathain y la guardia de la ciudad, luchaban ya en las almenas contra los enanos que salían de una enorme torre de asedio. El olor a sangre y sudor lo inundaba todo, los brazos quemaban por el esfuerzo y el sabor metálico de la magia desatada cada vez se incrementaba más. Lathain había perdido la cuenta de los enanos que había matado. Éstos se lanzaban valientemente sobre las almenas, pero estaban indefensos ante los defensores... o al menos al principio, porque tras unas horas, algunos elfos comenzaron a caer. El cansancio hacía mas difícil rechazar los ataques, y se habían quedado pocos para defender, ya que la mayoría luchaban al otro lado de las murallas ya casi mas por sus vidas que por una estrategia común, pues habían quedado aislados. Poco a poco los enanos accedieron a esa sección de la muralla, y Lathain se vió obligado a hacer acopio de toda su pericia de guerrero para resistir, pero sabía que duraría poco. Entonces otro de los dragones chocó con su cuerpo con la torre de asedio y la derribó, provocando un enorme estruendo. Tras ésto, se posó en las almenas y arrasó a los enanos que habían accedido a la fortaleza con una rabia enardecida por el frensí del combate. Sin embargo, había permanecido demasiado tiempo parado sobre las almenas, a la vista, y un rayo azul le impactó en plena testa, acabando con la noble bestia carmesí, y haciendo caer al jinete al exterior de la fortaleza. Lathain miró a lo lejos, y vio un yunque rúnico, todavía resplandeciente por la acumulación de energía. Pero no tuvo tiempo de mirar demasiado, pues un ariete se acercaba a las puertas. El ariete en realidad era un enorme artilugio cubierto con metales e impulsado por algún extraño invento de ingeniería que expulsaba vapor. Las rocas y el fuego alquímico que cayeron sobre el ariete, tuvieron tan poco efecto como las flechas y virotes, y el ariete golpeó una vez tras otra las puertas con un brazo mecánico acabado en martillo. Éstas comenzaron a resquebrajarse, y las últimas reservas de guardia de la ciudad se agolparon tras ellas, esperando el embite final de tropas enemigas. Lathain, angustiado, bajó a todo correr las escaleras de la muralla y se dispuso a dirigir la última defensa. Harían pagar caro cada centímetro de suelo élfico. Y las murallas se hicieron astillas finalmente, dando paso a una marea de enanos enfundados en gromril, la élite de los asaltantes, que se abalanzaron sobre la guardia de Athel Ethrera. El mismísimo Khorin Hachadorada dirigía el asalto, matando elfos a pares con cada barrido de su enorme hacha, y no era menos la destrucción que portaba el hacha de su portaestandarte. Al otro lado de las puertas, Erethil y su enorme dragón estelar de color azul metálico, Dothraryon, cargaron sobre el ariete y su tripulación. El ingenio mecánico estaba preparado para soportar rocas, fuego alquímico, virotes de máquinas de guerra y flechas, pero no estaba preparado para aguantar ante la ira de un dragón milenario. Zarpazos y mordiscos hicieron astillas la parte de madera, pero fue la lanza mágica de Erethil la que atravesó el depósito de combustible de la máquina que, reaccionando con las llamaradas que expulsaba Dothraryon en cada ataque, provocaron una enorme explosión, que, por un momento, silenció todos los demás sonidos. Cientos de enanos murieron en la explosión, por los fragmentos del artefacto que salieron disparados, por el propio fuego desatado, o por el impacto de otros compañeros que habían salido disparados por la onda expansiva. Por un momento, las puertas de Athel Ethrera quedaron vacías, a excepción de la noble bestia con su orgulloso jinete, inmunes al infierno que habían desatado, que permanecieron impasibles. Dentro de las murallas, los pocos enanos que habían penetrado comenzaban a sufrir el aislamiento, y a retroceder ante los ánimos renovados de los elfos. Lathain, todavía sordo por la explosión, trató de abrirse paso, para tratar de terminar la batalla de la única forma posible, acabando con el general enemigo, pero éste se encaraba ahora en otra dirección, buscando un objetivo mucho mas heroico, al enorme dragón azul. Erethil aceptó el desafío, se bajó la visera del Yelmo, y susurró unas palabras a su montura. Dothraryon no necesitó mas, y sin elevarse del suelo, se impulsó con las piernas traseras como lo
hubiera hecho un corcel. La carga fue con tal fuerza y a una distancia tan cerrada, que Khorin no
reaccionó a tiempo, pero su honorable portaestandarte de batalla le empujó en el último momento.
La lanza de Erethil hirió a Khorin en el hombro, en vez de atravesarle el corazón como pretendía,
atravesando la armadura runada como si fuese mantequilla. El anciano enano que había salvado a su
señor no tuvo tanta suerte, y terminó sus días aplastado por las garras del enorme dragón.
El señor enano se enfureció y saltó sobre la bestia, golpeando a diestro y siniestro. Las escamas del
ancestral monstruo eran como el acero, pero Hachadorada las atravesó con su filo rúnico, cegándose
por la sangre que comenzó a manar. Dothraryon retrocedió ante el dolor irguiéndose e impudiendo
que Erethil quedara en posición de combatir, pero devolvió los golpes. Khoril recibió un duro golpe Lathain asintió al capitán de su guardia y éste ordenó a sus hombres detener la persecución, mientras la orden de volver a las murallas se extendía por las fuerzas aisladas del exterior. Había que reparar rápido las puertas. No tardarían mucho en reagruparse y volver... Volver |