Campaña Marcus Beli


El Comienzo
El suave oleaje mecía el pequeño catamarán en medio de la inmensidad del océano y los pequeños islotes que rodeaban la isla de Belimar. Dos figuras humanoides observaban tranquilas el horizonte, mientras conversaban.
-”Viejo Eldaroth, sigo sin entender por qué debemos permanecer aquí día tras día, vigilando como si algo fuese a ocurrir. No veo cómo puede contribuir ésto a mi aprendizaje.”
-”La poca paciencia propia de la juventud nubla tu razón, Blasterion. Confía en tus mayores, como se te ha enseñado, y podrás vislumbrar el camino. Deja que las aguas que nos rodean te hablen, observa la forma de vida de las aves, el contorno de las nubes, las variaciones en la brisa... muchas lecciones se extienden ante ti...”
Blasterion se revolvio inquieto en su parte del barco, y contesto:
-”Perdóneme la falta de respeto pero, ¿Por qué viene una y otra vez, día tras día, a estos lares simplemente a observar? ¿Por qué no realizar otras labores mas acordes a vos como dirigir a nuestro pueblo, vigilar el norte, o lidiar con los piratas? No se ha producido novedad en esta zona desde que vine a este mundo.“
Eldaroth sonrió apesadumbrado, y ofrecio su respuesta:
-”No me ofendes joven, es normal que hagas esa observación. Te diré sin embargo que lo que para ti es toda una vida, para mi es un leve suspiro, y que a veces la labor mas importante y necesaria es la que nadie reconoce a simple vista, y es así como debe ser. Se acerca algo, Blasterion, algo que cambiará para siempre el mundo, y estamos en el foco de la tormenta. Sólo espero que estemos preparados cuando se desate, pues todos hemos de cumplir con un importante papel.”
El joven elfo se giró pensativo, tratando de percibir cualquier cambio en su entorno, pero toda su atención se dirigía inconscientemente a la Torre del Sol. La ancestral construcción de su pueblo, el eje de su cultura, y muestra de que en un remoto tiempo, estuvieron unidos a una raza poderosa, que dominaba el mundo, y que tuvo que separarse por el designio de los dioses. Allí, a lo lejos, resplandecía orgullosa, brillando mas que el propio sol, y mostrando el camino, para el que supiera buscar. Era una visión de la exquisita perfección, que embelesaba a sus propios habitantes aunque la hubieran contemplado cientos de veces.
Entonces, percibió algo mas, y se precipitó a informar al veterano elfo orgulloso de su hallazgo:
-”Se acerca una tormenta, a gran velocidad maestro, lo noto en la brisa y en el movimiento de las nubes, incluso en el olfato, aunque todavía no se puedan ver las nubes negras”-reflexionó un momento y siguió-”creo que deberíamos regresar, parece que va a ser violenta”.
El anciano elfo observó sorprendido al joven, y acto seguido cerró los ojos con mirada apesadumbrada de resignación, mientras recordaba las visiones que había tenido en un muy lejano pasado y reconocía el hecho desencadenante...
Felicia Von Mellberg, vampiresa con sangre Lahmia, yacía encadenada en una escalofriante sala oscura, mientras se preguntaba el por qué de su desdicha.
Desde que fuera trasnformada, siempre había tenido un maquiavélico interés en las artes oscuras. Aunque su mejor arma fuese su infinita belleza, lejos de la de cualquier mortal y de la de muchas inmortales, ella había decidido que se convertiría en una poderosa hechicera, que pudiera escapar del mandato de su sire.
Año tras año, lustro tras lustro, había perfeccionado sus artes en secreto, torturando criaturas de todas las naturalezas, extrayendo sus secretos, sus reservas mágicas y por supuesto sus almas. Uno de los últimos había sido un poderoso y respetado hechicero del clan necrarca. Muchos de sus congéneres se habían quejado a la sire de Felicia, pero ésta les había aplacado. Cuando fue a pedir explicaciones a su aprendiz y amante, Felicia había descubierto el miedo en su maestra, y había decidido que era su momento. Tras un violento combate, la magia de Felicia se impuso, y se dió un festín de sangre que aumentó todavía mas su poder.
Sin embargo, su joven reinado de poder, se había visto alterado a las pocas semanas. Un poder mágico la había estado llamando, ocupando sus sueños y sus vigilias, haciéndo que todo lo demas fuese irrisorio. Finalmente había partido para investigar. ¿Qué maravilloso objeto era capaz de contener un poder así? Sin duda se haría la hechicera mas poderosa del mundo con él.
Cuando llegó al túmulo en el que percibía el poder, un estallido mágico la había dejado inconsciente, y ahora se había despertado encadenada, pero aparentemente ilesa, en aquella oscura sala que era impenetrable incluso para su visión nocturna. Las sombras que percibía le mostraban una inmensa sala abovedada, y bien cuidada, pero sólo distinguía los pilares y las columnas vagamente.
Hacía muchos años que no sentía miedo, y no le gustó la sensación, pero hizo acopio de fuerza de voluntad, se dijo a sí misma que ahora era invencible, y trató de romper las cadenas, primero utilizando su fuerza vampírica sobrenatural, y al ser incapaz, utilizando su inmenso poder mágico, pero fue inútil, las cadenas no cedieron. Frustrada, gritó:
-”¿Quién me tiene aquí y qué quiere? ¡Maldita sea muéstrate y ofrécete a un duelo justo!”.
Una voz desprovista de toda posible remota humanidad, grave e impersonal, respondió.
-”Tengo entendido que el necrarca al que mataste no tuvo esa opción, joven Felicia”.
La vampiresa maldijo para sus adentros, la habían encontrado, seguramente vampiros justicieros que pretendían mantener “las reglas”, y escarmentar a quien mataba a otros congéneres sin motivo. Bueno, tendrían un punto débil, sólo era cuestión de encontrarlo...
La voz siguió hablando:
-”Sin embargo, como muestra de respeto y solidaridad, te soltaré, pues confío en que te comportes como la señorita que creo que eres”.
Las cadenas se soltaron con un chasquido, y Felicia quedó libre. Se levantó y dió unos pasos dubitativa, hasta que vislumbró a una figura en pie, envuelta en una túnica negra. En ese momento, un poder que no era capaz siquiera de comprender, la obligó a arrodillarse ante la figura encapuchada, totalmente muda.
La voz volvió a hablar, pero no era capaz de discernir si pertenecía a la figura o no.
-”Muy bien, así es como me gusta que se comporten ante mi, con exquisito respeto. Voy a ser conciso y breve. Tengo una misión para ti, y si la cumples podrás llegar a ser infinitamente mas poderosa de lo que ahora eres capaz de soñar. Además, se te concederán tierras y derechos sobre todo lo que desées, y como condición, sólamente estará el obedecerme”.
Felicia no entendía nada, ¿Quién era ese fantoche que pretendía impresionarla?¿Cómo osaba ofrecerle a ella poder, cuando nadie acumulaba tanto como para medirse a ella en duelo mágico? Y sin embargo... ¿Por qué se sentía tan abrumadamente vencida sin haber luchado? Decidió sobreponerse, y dijo:
-No sé quien eres, pero no esperes que sirva a ningún maldito ca”-las palabras se atragantaron en su boca, y fue incapaz de seguir hablando.
-”Yo te ofrezco respeto, sólo te pido que me trates de la misma forma, por favor. Si no es así, me veré obligado a acabar con tu existencia. Como otra muestra mas de benevolencia, te mostraré a tu compañero, quien compartirá misión contigo”.
Acto seguido, entró un vampiro con una resplandeciente armadura de ónice negro, que sin embargo brillaba en la mágica oscuridad, y permitía observar perfectamente al vástago.
Felicia no necesitó mucho tiempo para reconocerle. Había estudiado mucha historia, había visto su relato muchas veces... era... era... se sobrecogió cuando el vampiro se arrodilló ante su interlocutor y habló:
-”Mi señor, estoy aquí para serviros, sin reservas. He destruído demonios, reyes humanos y héroes elfos, pero no soy quién para ni siquiera esperar comprenderos. A pesar de ello, tengo mis reservas acerca de su nueva adquisición...”
¿Cómo podía hablar tan poderoso personaje con esa reverencia ante alguien? La mente de Felicia funcionó a velocidades extraordinarias para elegir la mejor opción, hasta que le vino una palabra a la mente, una palabra que la puso los pelos de punta, la ruborizó como cuando vivía y la hizo temblar como nunca lo había hecho en su vida.
La voz habló de nuevo:
-”No seas desconfiado, comandante. Lo hará bien. Necesitas a una hechicera poderosa y ambiciosa, y sin contaminar por los recuerdos podridos que albergan algunos de tus hermanos. ¿Qué me dices pequeña? ¿Quieres ser uno de mis paladines?¿Te convertirás en aspirante?”.
Nagash... Nagash... Nagash... la palabra no se iba de su cabeza, y Felicia sólo pudo balbucear:
-”Pppor, supuesttto, mi señor”.
-”Bien... estaba convencido de que recapacitarías pequeña. Sólo necesito que me traigáis cierto regalo de una lejana isla. Una nimiedad, que sin embargo puede acarrearos problemas, pues mis insulsos rivales se movilizarán ya que albergan estúpidas esperanzas de derrotarme. Ya sabéis cual será el premio por el éxito.”
Lo que bien sabían, era el precio del fracaso...
El viejo Eldaroth se activó instantáneamente, abrió los ojos de par en par y contestó al joven Blasterion.
-”Esta no es una tormenta natural, amigo mío. No nos dará tiempo a volver, debemos escondernos entre los islotes. Es una embarcación pequeña y pasará desapercibida en la oscuridad y el ruido de la tempestad.”
Ambos miraron al cielo y vieron como unas nubes negras se cernían a velocidad sobrenatural sobre ellos, mientras que un viento poderoso comenzaba a azotar pequeñas olas y a mecer el catamarán.
-”Pero maestro, los peñascos nos destrozarán. Las olas que van a levantarse nos aplastarán contra las rocas sin remedio, tenemos que volver, nos dará tiempo. Además, ¿Escondernos de quién?¿Quién podría navegar en medio de esta tempestad?”
Blasterion suspiró, y respondió resignado.
-”Nuestro enemigo mas ancestral, la némesis de nuestras raíces, del pueblo al que pertenecimos un día... ellos navegan en tempestades, y la magia oscura les facilita el ocultarse en estas tormentas, pero si algo de magia queda en este viejo, seré capaz de aislar al catamarán. Y ahora, rápido, rema como si te jugases el destino de tu pueblo, porque en realidad está en juego mucho más.”
Ambos remaron con fuerza, y consiguieron llegar a los peñascos en el momento en que la tempestad se desataba del todo. En ese momento, Eldaroth trazó unos símbolos arcanos con sus manos en el aire, y murmuró palabras que no se habían pronunciado en eones, invocando a los dioses ancestrales de los elfos, mediante palabras que sólo podía reproducir un elfo nacido en Ulthuan. Entonces, las olas en un pequeño radio, se calmaron, y se formó una pequeña burbuja de calma, escondida en una terrible tempestad.
El joven, asombrado ante el poder de Eldaroth, un poder que no había manifestado, ni siquiera reconocido, en los años de convivencia que habían pasado, comenzó a pasearse de un lado a otro en el barco, nervioso. El anciano le puso una mano en el hombro y dijo:
-”Permanece quieto, siéntate y observa, pero no provoques ningún movimiento. Suficiente me he arriesgado con el conjuro. Los Druchii son capaces de detectar presas entre la oscuridad y la tempestad, no les demos facilidades”.
Blasterion le hizo caso y se sentó, preparado para observar, en silencio.
-”Menos mal que hemos traído reservas de agua, joven”-dijo Eldaroth hablando de nuevo-”me parece que vamos a estar aquí mucho tiempo”.
La sonrisa de resignación distrajo al joven de los movimientos de las manos del anciano, que sacó una gema de un bolsillo, del tamano de un puño, color jade. Eldaroth la acarició concentrado, mirándola fijamente hasta que ésta comenzó a brillar, y sintió cómo absorbía sus sentimientos.
Era una piedra de telepatía. Un arcano objeto élfico de la era dorada, cuando las sensaciones eran suficiente para expresar cualquier situación o necesidad, y los elfos podían comunicarse de punta a punta del mundo, si sabían escuchar.
Sabía que los elfos que mantuvieran conocimientos arcanos recibirían la comunicación, ya fuera vía onírica o directa al pensamiento, y esperaba que algún ser bondadoso con buena sintonía con los vientos de magia recibiera la solicitud de ayuda, de alguna forma. Sólo quedaba esperar que sus congéneres, sus hermanos de la colonia, fueran capaces de preveer el peligro. Eran demasiado jóvenes, debían esconderse...
En ese momento, se pudo discernir una enorme ciudadela flotante entre relámpagos y olas, a lo lejos. Era un arca negra, incluso Blasterion lo supo discernir recordando sus enseñanzas. A su alrededor, cientos e incluso miles de embarcaciones menores, la escoltaban. Mas cerca, divisaron las escamas de un reptil de tamaño portentoso flotar sobre una ola, antes de volver a sumergirse. Estaba cerca...
Felicia sintió la leve brisa sobre su tez. Hacía muchos años que no veía el mar a la luz del sol, que para ella era una masa de agua azabache, y no celeste, como recordaba de antaño. Incluso la brisa no era igual, ahora era una pequeña sensación, por mucho que tratara de multiplicarla con sus sentidos vampíricos, nunca sería como antes... y sin embargo... estaba esa sensación de superioridad, esa sensación de estar en la cima, de que los demás tan sólo existían para servirla. Ah... los placeres de la no muerte... nunca conseguiría elegir si prefería su nueva vida, o la anterior, era el dilema de todo vampiro...
-”¡Zandremo! Prepara las tropas, vamos a desembarcar en breve.”
La estúpida criatura asintió torpemente y se dirigió lentamente hacia el otro lado del barco.
Mientras, Felicia se quedó embelesada, divisando el volcán, el volcán dorado, rodeado de humos ambarinos... era lo que había estado esperando, la oportunidad del poder, la oportunidad de la verdadera inmortalidad, la oportunidad de ser uno de los nueve...
Escuchó unos pasos firmes a su espalda, mientras escuchaba el repiqueteo de una espada contra la armadura, y supo que “él” estaba aquí.
-”Buenas noches, Comandante”-así era como le llamaban todos-”parece que llegamos a nuestro destino, es nuestro momento...”
-”No estoy aquí para hacer amigos pequeña ramera, cada uno peinará una mitad de la isla.”
Felicia puso los ojos en blanco ignorando el insulto, pues no era tan tonta como para responder al desafío, y contestó:
-”Estaría bien ese plan, si no fuera porque no se qué maldita cosa tengo que buscar...”
El Comandante sonrió.
-”Vas bien encaminada, en efecto buscamos un artefacto maldito. El señor oscuro de Nagashizaar cree que su garra se encuentra en alguna parte de esta isla. La necesita pues en ella reside gran parte de su poder y sin él no podrá imponer su reino de tinieblas con la seguridad de la victoria. El momento está cerca, el momento en el que el reino de la oscuridad se cierna sobre el viejo mundo, y sobre los débiles dioses antiguos. El mortal que se convirtió en leyenda, la leyenda que se convirtió en dios, nos guiará hacia el paraíso oscuro...”
Ambos miraron al frente otra vez. Habían llegado a Belimar.
Habían pasado varios días,días en los que habían visto pasar a la flota Druchii, a unas oscuras embarcaciones silenciosas, que contrastaban con la ruidosa flota orca que le había seguido, y con la salvaje flota de Ogros que acababa de pasar, en dirección a la isla.
Parecía que todas las criaturas habían puesto los ojos por casualidad en su tierra, pero la casualidad no era una opción ante el escrutinio del destino de los Elfos de Belimar. Era el momento de partir, pues no se divisaban enemigos, el día era apacible, y la desnutrición comenzaba a hacer mella en ellos, a pesar de haber racionado el agua y haber podído pescar algunos peces para conseguir el sustento mínimo.
Era la hora de la verdad, el destino que a Eldaroth le había sido revelado hacía milenios, el destino que había de afrontar ahora el joven Blasterion, el resto de su pueblo y el resto de razas libres del mundo.
La Guerra de la Garra había comenzado...
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